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el 18 junio 2018

Hace algunos años que el grupo Tequila cantaba aquello de “salí de casa con la sonrisa puesta, hoy me he levantado contento de verdad”. Y tenían más razón que un santo: contentos de verdad, ese es el motivo para una sonrisa sincera.

Cuando sonreímos como reflejo de alegría, de bienestar, de entusiasmo, de gozo, de sentirnos contentos/as o también satisfechos/as,  eso sí que nos supone un sentimiento natural y saludable al expresar cómo estamos por dentro.

Nada que ver con la presión por sonreír que nos inculcan algunas personas “entendidas” en la materia. Ir sonriendo por la vida a todas horas me suena a estar interpretando un papel, como un actor o una actriz a los que el guión les dice que tienen que sonreír. No importa cómo me encuentre, solamente tengo que ponerme en modo sonrisa y seguir adelante porque así todo me va a ir bonito. Qué absurdo suena y, a pesar de ello, es un mensaje que está muy en auge, haciéndonos creer que si vamos con esa sonrisa pintada en la cara todo nos va a ir a las mil maravillas. Y, no sólo eso, sino que nos vamos a sentir seguros, capaces y no sé cuántas sandeces más.

Aparentar y engañarse a uno mismo no hace que desaparezca el malestar. Eso es, directamente, mirar para otro lado. Incluso me atrevo a decir que dificulta que podamos saber qué nos ocurre y, en consecuencia, ser capaces de hacer algo con ello.

Una cosa es sonreír para hacernos una foto, que no va más allá de dos segundos, y que sabemos perfectamente que estamos posando. O poner una sonrisa irónica, forzada, que también sabemos que lo es, al modo de “dientes, dientes”, que decía la Pantoja, y que los que nos observan también se dan cuenta de la falsedad.

Otra cosa es la sonrisa que creemos que nos va a sacar de donde estamos, que es la panacea para superar el malestar o la tristeza. No existe una sonrisa milagrosa que nos suponga mejorar al instante y que nos suponga que nuestra vida sea estupenda. Sonreír y estar bien solo por el hecho de hacerlo no van de la mano.

Tampoco se trata de que vayamos todo el día ladrando a la primera persona que se nos ponga delante, pero creo que, entre esto y poner una sonrisa pintada como la cara del Joker, hay una gran diferencia.

 

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