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el 14 noviembre 2022

Estar vivos implica lidiar con conflictos psíquicos constantes, vivimos en un conflicto permanente que tiene una importancia crucial en nuestra salud psicológica, tanto que nuestra tranquilidad depende de cómo nos hagamos cargo de nuestros conflictos.

Para hablar de conflicto psíquico, tenemos que pensar que hay un principio de placer, que guía los deseos (formados por la presión de las pulsiones) hacia la satisfacción, y un principio de realidad que le impone al Yo que tenga en cuenta al exterior y a una especie de instancia interna que actúa a modo de moral (Superyó).

En función de cómo se maneje uno con todo esto, podemos diferenciar entre conflicto normal (sano) y conflicto patológico. Sería sano, cuando uno conoce los polos del conflicto, sabe cuál es su deseo (o, al menos a nivel preconsciente, ese deseo está aceptado por el Yo) y puede localizar la angustia que le produce llevarlo a cabo. Como resultado se daría, o bien la satisfacción del deseo o bien su elaboración, aceptando la realidad y canalizándolo por otras vías. Estas vías o formas de canalización serían el aplazamiento, el juicio adverso, la inhibición de la pulsión o la sublimación. Un ejemplo de juicio adverso puede ser tener muchas ganas de comerse cinco donuts pero al mismo tiempo estar a dieta y querer cuidar su salud. Decide entonces, comer otra cosa más sana por un bien mayor. Aplazamiento se daría cuando uno decide posponer algo que le apetece hacer porque no es el momento o el lugar adecuados y esperar a mejores condiciones. La inhibición de la pulsión se daría, por ejemplo, en sentimientos de amistad o ternura, donde uno inhibe el impulso sexual y lo convierte en otra clase de sentimientos. Por último, la sublimación, donde la pulsión se coloca en otra actividad.

Cuando el desarrollo del conflicto es patológico, aparecen los mecanismos de defensa y la formación de síntomas. Si el deseo que genera angustia no lo canalizamos bien, nos tenemos que defender de él para disminuir la angustia. Para eso tenemos que desconocerlo a través de los mecanismos de defensa. Le quitas el significado al deseo y lo apartas de tu conciencia. Lo reprimes, lo desplazas, haces una conversión, haces una fobia, lo proyectas, son todo formas de desconocer ese deseo tuyo. Para eso tengo que utilizar mecanismos de defensa. Tengo un deseo agresivo hacia un ser querido, que entra en conflicto, porque por un lado lo quiero y por otro lado lo odio. Tengo que desconocer una parte de ese deseo para poder quedarme tranquilo y disminuir la angustia.

De ahí, que cuantos más elementos conozcamos de nosotros mismos, menos uso tendremos que hacer de mecanismos de defensa, y más salud y calma mental tendremos al enfrentarnos a la vida.

 

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