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el 19 octubre 2026

Es un día como otro cualquiera. Son las ocho y media de la mañana, hoy trabajo en Valencia, en el Centro Valenciano de Psicoterapia y voy andando hacia allí. Un trayecto de unos diez minutos en el que me cruzo con distintas personas por la calle.

El toque diferente se lo doy en el momento en el que decido prestar atención a esas personas con las que me voy encontrando, observando qué están haciendo.

La primera persona en la que me fijo es una chica que lleva ropa deportiva, una toalla en una mano y una botella de agua en la otra. Deduzco que sale del gimnasio que está un poco más adelante en esa misma calle. Aquí ya doy comienzo a no saber qué le habrá motivado a acudir temprano a entrenar, a empezar el día de esta manera, qué habrá detrás de esa decisión. Si será por querer aprovechar el tiempo, por costumbre o porque empieza a trabajar dentro de un rato. Nunca sabré esas respuestas.

Coincido en un semáforo con una pareja que está discutiendo, y escucho cómo uno de ellos dice que se va, que quiere estar a solas y que ya se verán a mediodía en casa y su pareja intenta convencerle para que no se marche y seguir juntos y hablando. No sé el final de esta historia, el semáforo se pone verde y cruzo la calle mientras ellos permanecen allí quietos y sigo escuchando por detrás sus voces en tono alto. Nunca sabré si siguieron caminando juntos o cada uno se marchó por un lado distinto.

Veo a un chico, calculo de unos cuarenta años, con quien me suelo cruzar los días que trabajo en Valencia, siempre sobre la misma hora y por el mismo lugar. Suele ir como en su mundo, con un semblante que no definiría ni serio ni alegre, mirando hacia adelante y con una mochila apoyada en uno de sus hombros, con una posición corporal muy recta. No tengo la menor idea de a dónde va, doy por sentado que al trabajo aunque esa es una información que yo supongo (seguramente porque es a dónde yo voy) y tampoco me ofrece más datos acerca de dónde o en qué puede trabajar. Nunca sabré su nombre ni a dónde se dirige.

Me encuentro a un señor sirviendo un café en la terraza de un bar que hace esquina. Se me viene a la cabeza que es el dueño y que se esfuerza en ser eficiente y amable al ver que sirve ese café dando los buenos días con una sonrisa a su cliente y llamándolo por su nombre. El cliente le responde diciéndole buenos días y algo más que provoca risas entre ellos, pero que ya no escucho al seguir yo caminando. Nunca sabré si el bar es de este señor y si es amable o no de forma regular o es que yo le he pillado en un momento en que estaba siendo agradable. Nunca sabré la conversación que les ha hecho reír a los dos.

En la parada del tranvía hay varias personas esperando. Deduzco que muchas de ellas son estudiantes por la edad que creo que tienen y porque llevan mochilas o bolsos grandes. Algunos hablan entre ellos, otros están enfrascados en el móvil. Nunca sabré qué están estudiando y ni siquiera si todos son estudiantes como yo he supuesto.

Son historias inacabadas sacadas de un día cotidiano pero que podríamos trasladar a nuestra propia vida, ponerlas en primera persona y darnos cuenta de aquellas situaciones que hemos vivido y de las que nunca hemos podido saber cómo acabaron porque no nos atrevimos a pararnos y preguntar, porque quizá tampoco queríamos saber a dónde llegaron o nos podrían llevar y preferimos fantasear nuestro propio final como manera de “protegernos”.

Historias inacabadas. Incertezas de la vida.

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