Érase una vez una persona que tenía un amplio vocabulario. Era fascinante escucharla hablar, era capaz de utilizar muchas palabras distintas: palabras nuevas, palabras que sonaban bien, palabras con una dicción curiosa.
Solía ser el centro de atención cuando iniciaba algún discurso por la atracción que suponía escuchar cómo era capaz de saber tantísimos términos distintos.
Y no le importaba explicar su significado o de dónde provenían si alguna persona le preguntaba, lo cual resultaba todavía más interesante.
Todo sonaba muy bonito hasta que un día apareció alguien que le dijo que había una palabra que jamás le había oído pronunciar, que nunca había salido por su boca.
Esta persona se quedó muy intrigada y no tardó en preguntarle de qué palabra se trataba.
Al escuchar la respuesta, no sabía muy bien cómo se iba sintiendo. Primero fue incredulidad, luego malestar, y se quedó en el desconcierto.
La palabra que no había dicho en su vida era: “perdón”.
A partir de ese día y, aun con la rabia que le había dado que alguien se lo dijera, decidió empezar a plantearse qué es lo que le había llevado a excluirla de su vocabulario, de su vida.
Y, una vez, que fue entendiendo los motivos por los que la había evitado, empezó a incluirla poco a poco en su discurso.
Cuentan que, además del gran número de palabras que ya utilizaba, ahora solía incluir con frecuencia “perdón” y que, curiosamente, vivía con mucha más paz en su vida.
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