Estos días estoy viviendo una de esas transiciones silenciosas que parecen pequeñas, pero que por dentro ocupan mucho espacio.
Mi hija pequeña termina la guardería. Mi hija mayor ya lee, escribe y aprende ballet. Las miro y me doy cuenta de que, poco a poco, van dejando atrás etapas que parecían haber llegado ayer.
Y siento algo curioso.
Por un lado, una enorme ilusión por todo lo que viene. Verlas crecer es un privilegio. Descubrir quiénes son, escuchar sus nuevas preguntas, acompañarlas en cada conquista.
Por otro lado, aparece una cierta nostalgia. La sensación de que algo valioso se está despidiendo. No volverá.
No porque quiera que se queden pequeñas para siempre. No porque no desee su crecimiento. Al contrario.
Pero cada nueva etapa trae consigo una pequeña pérdida. Para que aparezca algo nuevo, algo anterior tiene que desaparecer.
Quizá por eso el crecimiento tiene siempre algo de ternura. Y de frustración.
Es la alegría de ver la vida avanzar y, al mismo tiempo, el deseo de guardar para siempre algunos momentos que sabemos que no volverán.
Y tal vez madurar consista precisamente en eso: en aprender a disfrutar de lo que llega sin dejar de agradecer lo que se va.
Sin intentar detener el tiempo.
Sin apresurar el futuro.
Simplemente acompañando el movimiento natural de la vida mientras ocurre delante de nuestros ojos.
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