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el 20 julio 2026

Hace apenas unos días estuve de vacaciones en Oporto y, casi por casualidad, terminé visitando el Centro Portugués de Fotografía. Lo que no esperaba era descubrir que aquel precioso edificio había sido una cárcel desde finales del siglo XVIII.

Tengo que reconocer que este tipo de lugares siempre me han fascinado. No solo por su arquitectura, sino por las historias que parecen seguir escondidas entre sus paredes. Mientras recorría las galerías, observaba las antiguas celdas y me detenía frente a sus gruesos barrotes, no podía dejar de pensar en las personas que habían pasado parte de su vida allí.

Quizá tenga que ver con mi trabajo, pero cuando pienso en una prisión no suelo preguntarme primero quién era culpable o inocente. Pienso, sobre todo, en seres humanos privados de una de las cosas más valiosas que tenemos: la libertad.

Una de las salas conserva un archivo fotográfico de muchos de los presos que pasaron por allí. Me senté un buen rato a mirar aquellos retratos. Había algo en sus miradas que me costaba dejar atrás.

Sé que buena parte de lo que pensaba hablaba más de mí que de ellos. No puedo saber qué sintió ninguna de aquellas personas. Pero, haciéndome cargo de esa proyección, no podía evitar imaginar el sufrimiento de quien vive encerrado: la rabia de no poder abrazar a los suyos, la incertidumbre de no saber cuándo acabará el encierro, la tristeza o la soledad.

Mientras sostenía aquellas miradas, me di cuenta de que estaba haciendo algo muy parecido a lo que intento hacer cada día cuando un paciente entra en mi consulta.

Antes que un preso, veía una persona.

Antes que un número, una historia.

Creo que esa es una de las tareas más importantes de la psicoterapia: mirar más allá del síntoma, del diagnóstico o de los errores que alguien ha cometido. No para negar su responsabilidad, sino para encontrarse con la persona que sigue estando ahí. Quizá por eso me gusta pensar, junto a Rousseau, que el ser humano es bueno por naturaleza. No sé si es una verdad o una elección personal, pero esa es la parte que intento encontrar cada vez que alguien se sienta frente a mí en consulta.

 

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