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el 1 mayo 2007

Revista de Terapia Gestalt – Asociación Española de Terapia Gestalt. Nº 27: “25 años haciendo Terapia Gestalt”. 2007.

 

LA NATURALEZA POLAR DE LA MENTE

La naturaleza de nuestra mente es polar y, por tanto, es polar nuestra forma de aprehender todo conocimiento y toda experiencia. El alcance de esta considerada ley universal es mayor de lo que pudiera parecer en un principio. Experimentamos el frío frente a la conciencia que tenemos del calor y, éste a su vez, frente a la que tenemos del frío. Comprendemos lo lejano en oposición a lo cercano, o la tristeza frente a la alegría. Nos percatamos del dolor porque conocemos el placer, describimos lo duro en comparación con lo blando, lo inquietante frente a lo sereno y podemos nombrar lo luminoso al distinguirlo de lo oscuro. Nuestra mente sólo es capaz de calificar y valorar la experiencia bajo criterios de polaridad. Tanto es así que, no es que sencillamente una realidad tenga su opuesto, sino que la realidad existe mentalmente, se define y hasta se percibe gracias a la necesaria comparación entre opuestos. La mente necesita los opuestos para comprender. Desde la óptica de la inseparable relación en psicología entre pensamiento y lenguaje humanos, puede que los sustantivos no tengan una polaridad tan manifiesta como los adjetivos, pero en cuanto definimos, describimos y clasificamos esas entidades (y otras como los verbos, los artículos o las preposiciones) para poder comprenderlas, aparecen de nuevo las polaridades de la mente tomando conciencia de cada característica por comparación con otras. De hecho, las polaridades son sólo los extremos de ejes conceptuales creativos y cambiantes de relaciones y gradaciones generalizadas o particulares. No hay polaridades únicas, absolutas, estándar, sino asociaciones subjetivas de oposición, lo que implica sustanciales diferencias en el modo individual y colectivo de experimentar los polos por separado y sus grados. Además de esta interpretación subjetiva y experiencial de pensamientos, emociones y percepciones sensoriales, están los propios límites de nuestras vivencias, aquello que realmente escapa a nuestras capacidades o a nuestro desarrollo actual de aprehensión mental, emocional y sensitiva. Hay polaridades múltiples y sencillas, explícitas e implícitas, fusionadas y disociadas, de una etapa y de un modo de estar en la vida. En última instancia, la psicoterapia pretender agrandar esos límites desde la integración. Tenemos capacidad de decir un sí verdaderamente pleno cuando hemos conseguido alcanzar la libertad para decir que no y, curiosamente, podemos separarnos mejor de aquello a lo que nos hemos acercado con más apertura interior y sin miedo. Vivimos enteramente cuando tenemos conciencia de la muerte y seguro que nadie puede penetrar tanto en la calma como el que sabe de la tempestad. La trampa de la culpa puede disimular una necesidad de control sobre la incertidumbre inquietante de una vida que nos sobrepasa y asusta. Conocer las diversas polaridades y, más que eso, darnos cuenta de la articulación polar que utilizamos para conquistar la realidad, nos permite tomar más amplia, clara y profunda conciencia de cualquiera de las cosas que percibimos. Por ello, no sólo se puede afirmar que, por ejemplo, la conciencia de felicidad es mayor para quien sabe del dolor, sino que hasta debemos aquella a éste. Como también ocurriría a la inversa, hemos de concluir que la conciencia se desarrolla en una dinámica de balanceo y ensanchamiento progresivo entre dos extremos que, cuanto mejor sean diferenciados y perfilados, más podrán brindarnos la ansiada integración posterior. El antiguo taoísmo ya concebía el Universo como un Todo sobre dos grandes fuerzas en equilibrio creativo: yin y yang. Por su parte, la filosofía Hermética citaba entre sus siete principios fundamentales el de la polaridad: “Todo es doble; todo tiene dos polos; todo, su par de opuestos: los semejantes y los antagónicos son lo mismo; los opuestos son idénticos en naturaleza, pero diferentes en grado; los extremos se tocan; todas las verdades son semiverdades; todas las paradojas pueden reconciliarse”. Desde cualquiera de estas visiones ya milenarias, uno de los polos contiene en su interior algo del otro, algo que une lo separado para evitar una grave desintegración, y algo que separa lo unido para superar la indiferenciación simbiótica; es una tensión, en suma, entre las fuerzas básicas de expansión y compresión.

 

LAS POLARIDADES EN TERAPIA GESTALT

Como es de sobra sabido y ha quedado desarrollado en múltiples escritos, Fritz Perls rescató la ley universal de la polaridad aplicándola a la terapia Gestalt y aprovechando sus posibilidades para una visión más amplia e integral de los conflictos psíquicos. Siguiendo la síntesis de Francisco Peñarrubia , en primer lugar, Perls se apoya en la Teoría de campo de Kurt Lewin, tomando como una polaridad de ese campo la interacción entre organismo y ambiente, elementos que están en continua dialéctica: ni el individuo ni el mundo (ambos cambiantes) pueden entenderse el uno sin el otro. En segundo lugar, sólo disponemos de unas ideas aceptadas de nosotros mismos, unos “yo soy así” y otros “yo no soy así” que más o menos cumplen las censuras personales pero limitan la experiencia (autoconcepto, ideal del yo) en oposición a un yo integrado (self). Sin poder acceder a la conciencia de las “zonas no permitidas”, es imposible cerrar los asuntos inconclusos y pasar página. Por último, Perls toma de Friendlander el concepto punto de indiferencia creativa, o punto cero, o posición de neutralidad entre opuestos. Tememos la nada, el vacío, pero en palabras de Perls, «los vacíos son polaridades». En función de los diversos mecanismos de defensa (en la represión neurótica), o incluso de la falta de un desarrollo anterior (en la deficiencia de estructuración psicótica o borderline), hay “zonas” de la perspectiva mental polar que quedan respectivamente apartadas o ausentes de la conciencia, relegadas a “la sombra” o pendientes de escribir. La psicoterapia intentará acompañar en el proceso de soltar los incesantes balanceos precarios entre opuestos poco definidos y denegados, el sufrimiento angustiado que no ve, y no puede ver, y en alguna medida no quiere ver (teniendo mucho cuidado de no culpar al paciente desde esta última aseveración). Para ello, trabajará primero en la diferenciación e identificación consciente de las partes en lucha separándolas aún más. Después, ofreciendo responsabilidad de las zonas rechazadas, irá desvelando el punto de indeferencia creativa, o vacío, o impasse, donde todo se irá difuminando hasta que aparezca el nuevo vacío fértil. El dualismo conflictivo dará paso a la dualidad interna para luego ofrecer la posibilidad de llegar a un lugar de integración donde los extremos se juntan, el conflicto resulta imaginario y la crisis se diluye, algo diferente -o puede que igual- a la reactivación de mecanismos de defensa de nivel superior o más sutil que, no obstante, han permitido en este paso una nueva y mayor amplitud de conciencia. Este proceso es aplicable tanto a una pequeña cuestión como a todo un proceso vital de desarrollo hacia lo existencial y espiritual.

 

ILUSTRACIONES EN LA PRÁCTICA PSICOTERAPÉUTICA

En la medida que la psicoterapia concibe, abre y alumbra, la persona se encuentra como nunca en disposición de experimentar lo que le está ocurriendo. Hay muchos ejemplos tanto individuales como sociales en los que, por no haber tenido acceso a “otra realidad” (otra polaridad) experimentada o siquiera fantaseada, no acaba de haber conciencia de la realidad en que se está envuelto. En términos evolutivos, es la referencia del polo opuesto la que permitirá una separación sin rotura, una posibilidad de exploración del nuevo mundo interior y exterior sin perder los vínculos de pertenencia y la sensación de identidad y proceso. Como venimos diciendo, los dos polos de un mismo conflicto, sea el que fuere, no sólo no son incompatibles, sino que se necesitan mutuamente y cada uno contiene, sostiene y da conciencia al otro porque ambos comparten una misma naturaleza. Alguien dijo “el amor une, la agresividad separa”. Por “agresividad” no entendemos aquí en absoluto violencia, sino fuerza de separación, límites, autoafirmación, autoapoyo, compromiso con las propias necesidades… el masticar necesario que señalaba Perls para asimilar el alimento. Del mismo modo, con “amor” no nos referimos a confluencia, a renunciar irresponsablemente a uno mismo, a sacrificarse por miedo o a complacer por dependencia. Estamos haciendo referencia a dos fuerzas primigenias (de separación y unión) en continuo y dinámico equilibrio. El amor necesita separación y límites para unir de una forma que sea saludable; la agresividad necesita de la fuerza que une para poner una separación sensible. Sin el desarrollo de esas dos polaridades por separado, con el reconocimiento íntimo del opuesto en cada una de ellas, la unión se queda en dependencia sin poder llegar a ser amor, y la separación lo hace en agresividad o ausencia sin poder establecer los límites de una relación compuesta de presencia, escucha y reconocimiento del otro. Aplicando esto a las relaciones con otros o con uno mismo, volvemos a la necesidad de perfilar cada “bando” en conflicto, hacernos cargo honestamente de su resonancia dentro de nosotros, y buscar la armonía. La observación atenta en la práctica terapéutica nos va desvelando aparentes paradojas que, un poco más en el fondo, no son tales y serán indispensables para la integración. Creando un paisaje de ejemplos, será necesario explorar cómo quien ama sin unos límites mínimos, acaba agrediendo; quien sobreprotege, genera desprotección; quién da en exceso esperando compensación, deja en deuda al otro y se encuentra con su egoísmo y dependencia; quien sufre patológicamente, evita el dolor; quien actúa temerariamente, niega su miedo interior; quien se aferra a la omnipotencia ya está abrigando una impotencia y, quien se hunde en la impotencia, alberga una expectativa omnipotente; quien basa su seguridad en la rigidez, pierde creatividad y se hace frágil. Del mismo modo, habría que rastrear cómo el paranoide, que mira escudriñando en alerta a todo lo que le rodea, muestra una bajísima capacidad para ver y escuchar, de modo que apenas asimila más allá de sus propias proyecciones; o cómo el celoso, mientras busca poseer, realmente se comporta desde el miedo al abandono y provoca quedarse solo, empeñándose en ser querido sin haber madurado su capacidad de amar; o cómo la mirada del desconfiado genera la desconfianza que teme y le confirma su distorsión. Quien presiona para hipercontrolar, genera rebeldía, y al rebelde le acaba delatando su autoritarismo cuando se le deja hacer y tener una responsabilidad. Es interesante comprobar también cómo los buscadores de sensaciones tienen dificultades para sentir y cómo los narcisistas esconden un profundo sentimiento de inferioridad y una dañada autoestima. Respecto a los que se relacionan desde el victimismo, el tratamiento irá desvelando su tremenda acusación solapada a los que les rodean en consonancia con la propia culpabilidad interna. De cara a los terapeutas, por ejemplo, emergerá cómo sobrecarga y frena quien más se empeña en empujar los procesos, porque, quien más acelerado va, menos experiencia tiene de estar y llegar a algún sitio, ya que el objetivo externo se hace reto que superficializa su experiencia; o de otro modo, quién más se exhibe, más está empequeñeciendo a los otros proyectando su escasez, sin duda un difícil escenario para el desarrollo. Resumiendo, quien más conciencia tiene de su enfermedad, más está avanzando en el camino de su curación; quien más se atreve a ver y reconocer su ego, más se libera de su influencia, siempre y cuando no abandone su humildad ante él. El dependiente niega sus necesidades, de modo que se acaba haciendo adicto para no necesitar, y en esa búsqueda distorsionada de liberación se hace esclavo sin querer; frente a ello, de nuevo paradójicamente, polarmente, el contacto con las múltiples necesidades nos libera de las fantasías de liberación, algo que a su vez nos deja algo más libres. Esta es la dirección de la sabiduría paradójica de las polaridades, una maraña infinita de relaciones cambiantes y subjetivas cuya conciencia va procurando el balanceo del crecimiento que va y viene de una vivencia a otra y de un descubrimiento al siguiente, hilando nuestra historia y nuestro futuro.

 

RESOLVER Y/O TRASCENDER LA POLARIDAD

Se suele hacer mención a diversas imágenes para evocar mejor la dinámica polar. Las más lineales, dibujan una línea horizontal con dos extremos y un punto central como símbolo de que “la verdad se encuentra en algún lugar cercano al centro”. Desde una perspectiva más completa, podemos representar una rueda de carro con sus múltiples radios convergentes en el citado y central punto de indiferencia creativa, desde donde un individuo hipotéticamente conoce y acepta sus diversas polaridades, consciencia que le permite una mayor responsabilidad, libertad y posibilidad de actuar de forma creativa, desplazándose a los extremos y volviendo al centro en función de sus necesidades. El trabajo con las polaridades va a seguir una secuencia que, en esencia, pretenderá: - detectar la polaridad en conflicto de que se trata. - separar, perfilar, tomar conciencia, comprender y hacerse cargo de cada una de esas polaridades infradesarrolladas o rechazadas. - observar cómo es la dinámica de interacción entre ellas, qué las enfrenta. - sobre la base de la conciencia y la comprensión, acompañar en el camino de la integración de ambos extremos en lucha por medio de una visión más amplia que los incluya. Volviendo a las imágenes gráficas de la polaridad, personalmente prefiero la de una línea recta cuyo punto central se sitúa en el centro y también fuera, componiendo así una figura triangular. Esta imagen acentúa la cuestión de la perspectiva, la posibilidad de ver los balanceos polares un poco “desde fuera”, combinando así el movimiento libre entre ellos y una cierta desidentificación. Sería algo así como interiorizar la posición de un terapeuta junto a su paciente, afuera y en medio, de las dos sillas entre las que éste se va alternando. Una especie de postura de meditación interna donde me veo a mí sin enredarme en mí, quizás diciéndome “mira, ahí estoy yo, debatiéndome, perdido en mis conflictos, dividido, sufriendo, censurándome aspectos propios, rechazándome en unos extremos y sobreidentificándome en otros, extraviado en espejismos de mí que no soy yo en esencia”. Como la mente es polar por naturaleza, en última instancia, desde un trabajo emocional y mental como es la psicoterapia, las polaridades pueden ser descubiertas y armonizadas, comprendidas y aprehendidas, resueltas en sus luchas internas, pero no pueden ser trascendidas. Es muy diferente resolver una polaridad puntual (conflictiva) a trascender la visión polar de la mente a nivel general. La mente –ni ningún otro nivel consciente- no puede trascenderse a sí misma sin haber alcanzado antes una perspectiva mayor, que en este caso sería la profunda solución de la polaridad. Para ello haría falta situarse en un plano superior a la propia mente, a la conciencia mental, es decir, situarse en una visión espiritual, algo que queda fuera de las pretensiones de este artículo. Allí es donde los polos se juntan y desaparecen en una experiencia más allá de la dualidad y una certeza espiritual que sobrepasa cualquier reflexión intelectual. En cualquier caso, superar la visión polar de la mente, desborda y trasciende (incluye y va más allá) todo objetivo y método de cualquier psicoterapia convencional centrada en lo inconsciente, el desarrollo del potencial personal en el mundo, y hasta las cuestiones existenciales.

 

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