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el 22 abril 2015

Revista de Terapia Gestalt – Asociación Española de Terapia Gestalt. Nº 35: “Tramitando lo difícil”. 2015.

 

El Kybalión es un texto del siglo XIX que recoge las enseñanzas de la filosofía hermética atribuida a Hermes Trismegisto, personaje mítico y alquimista egipcio que se dice vivió sobre el tercer milenio a.C. y que aparece en los textos ocultistas. Entre los siete principios universales que señala está el de la polaridad: “Todo es doble; todo tiene dos polos; todo, su par de opuestos: los semejantes y los antagónicos son lo mismo; los opuestos son idénticos en naturaleza, pero diferentes en grado; los extremos se tocan; todas las verdades son semiverdades; todas las paradojas pueden reconciliarse”.

Alejándonos hasta la tierra del sol naciente, el Taoísmo señala que todo lo que existe se apoya en la dualidad de dos fuerzas opuestas y, a la vez, complementarias llamadas ying-yang. Algunos investigadores localizan en el segundo milenio a.C. las primeras referencias a esta dualidad básica del universo. En el ying-yang, al igual que en el principio de polaridad hermético, la oposición en la que se asienta todo lo existente se abraza finalmente en la complementariedad.

Es relevante detenerse en algunos de los principios del ying-yang como, por ejemplo, su profunda interdependencia, es decir, la imposibilidad de existencia de uno sin el otro.

Otro principio sería la subdivisión, de modo que cada uno de ellos podría dividirse de nuevo en ambos, y así indefinidamente. Por ejemplo, dentro de la clásica “autotortura neurótica” entre el mandón y el mandado, si nos centramos en el mandón, podemos descubrir a su vez un subaspecto autoritario (“¡Tienes que hacer lo que yo te diga!”) y otro protector (“Lo hago por tu bien, para protegerte”). Del mismo modo, en el mandado podemos encontrar uno rebelde (“No quiero hacer lo que me dices”) y otro vulnerable (“Si me machacas así no puedo vivir tranquilo”).

Otro principio, el de regeneración, señala cómo la intensificación de uno de los dos polos, después de generar con sus envites un achicamiento pasajero en el otro, pronto causará que éste se regenere con fuerzas renovadas buscando el equilibrio.

Por último, no se trata de dos aspectos independientes y ajenos que aspiran a tocarse, sino que cada uno de ellos ya contiene al otro en lo más profundo de su seno.

Advirtamos que, mucho antes de la filosofía occidental, ya existía en el concepto de ying-yang una visión implícita del universo como un organismo que se autorregula hacia la integración.

Hagamos un inciso necesario: frente a esta dualidad (dos fondos distintos de una misma cosa que son complementarios), el dualismo, por el contrario, se caracteriza porque los principios son independientes, irreconciliables y antagónicos. Es el caso del presocrático Parménides de Elea (530 a.C.), que tomó una posición dualista respecto al ser. “El ser es, y el no-ser no es”. Se es o no se es. Todo lo que hay, ha existido siempre. Nada puede convertirse en nada, y algo que existe tampoco puede convertirse en  nada.

Frente a esta incompatibilidad de Parménides, Heráclito de Éfeso (535-484 a.C.) plantea que se dan las dos cosas a la vez. El mundo está lleno de contradicciones: enfermedad-salud, hambre-saciedad, guerra-paz, invierno-primavera... Los contrarios coexisten, sin el juego de contrastes, el mundo dejaría de existir. Dijo “El camino que asciende es el mismo que desciende”.

Por su parte, el “padre de la medicina” Hipócrates de Cos (460-370 a.C.), coetáneo de Sócrates, estableció la conocida doctrina de los cuatro humores (bilis amarilla, bilis negra, sangre y flema) relacionada con las cuatro fuerzas de Empédocles de Agrigento (495-435 a.C.): tierra, aire, fuego y agua. Surgen de cuatro cualidades básicas de la naturaleza en forma de dos polaridades: calor-frío y humedad-sequedad.

Galeno de Pérgamo (130-200) basándose en los humores de Hipócrates, postula la Teoría de los temperamentos y los tipos humanos: colérico (calor y seco), melancólico (frío y seco), sanguíneo (cálido y húmedo) y flemático (frío y húmedo). Nos encontramos, pues, ante una propuesta de naturaleza polar en los cimientos mismos del futuro concepto de personalidad en psicología.

En términos generales, hubo dos grandes temas polares que se plantearon los filósofos griegos presocráticos. Por un lado, el asunto de la existencia de una materia primaria permanente (el arké, de lo que todo surge y a lo que todo vuelve) frente a lo cambiante e impermanente (toda la inmensidad de cosas diferentes que percibimos con los sentidos). Sin entrar en detalles que exceden el objetivo de este artículo, aquí se asentaron las bases de lo que posteriormente serían el racionalismo y el empirismo, dos enfoques tan enfrentados que ni el deseo de Kant en el siglo XVIII ni el pensamiento posterior hasta nuestros días han acabado de reconciliar.

Por otro lado, los griegos también reflexionaron sobre el asunto del destino y el libre albedrío. Aunque ellos no se cuestionaron apenas la existencia del destino como un “saber divino” al que se podía intentar acceder por los oráculos, no dejaron de plantearse por ello el asunto de la libertad para asumirlo activamente o resistirse a él. Como sabemos, el concepto de libertad será nuclear en el existencialismo contemporáneo del que surgió la psicología humanista.

 

¿Por qué nos interesan estas polaridades históricas en un trabajo como éste sobre las polaridades intrapsíquicas? Porque lo que ha permanecido como un conflicto filosófico siglo tras siglo hasta el día de hoy, no es más que el reflejo de un conflicto que anida en el interior del ser humano. A saber, ¿nos fiamos de nuestras ideas y cuestionamos nuestros actos, o nos fiamos de nuestros actos y cuestionamos nuestras ideas? ¿Qué es más real? ¿Dónde hay más verdad en mí mismo? ¿Y si a nuestras ideas y acciones en lucha les añadimos instintos y emociones? ¿Cuántas combinaciones son posibles y cuántas posibilidades de conflicto surgen? Más aún si pensamos que, además de estas distintas manifestaciones de la conciencia, pueden darse simultáneamente pensamientos o emociones opuestos. ¿Corro porque me asusto o, como dijo el conductismo, me asusto porque corro? Si los filósofos se preguntaron qué es más real en el universo, nosotros nos preguntamos qué es más real en nosotros mismos. En el universo escudriñamos su naturaleza; en nosotros mismos, además, nuestra verdadera necesidad, nuestro deseo, nuestra posición ante las cosas de la vida.

Dentro de la Ilustración de la Edad Moderna, el idealista trascendental Immanuel Kant (1724-1804), coetáneo de David Hume (1711-1776, el filósofo más importante de los empiristas), cree que tanto los racionalistas como los empiristas en parte tienen razón y en parte se equivocan. Se le reconoce su intento serio de sacar a racionalistas y empiristas de la confusión donde estaban. Kant planteó que es cierto que todos nuestros conocimientos del mundo provienen de nuestras percepciones (empirismo), pero que nuestra razón condiciona cómo captamos el mundo (racionalismo). La conciencia no es una tabula rasa pasiva, sino un ente que moldea activamente lo que percibe. La conciencia se adapta a las cosas, y las cosas a la conciencia (lo llama “el giro copernicano”). La ley causa-efecto que, según Hume, no podía ser percibida como tal (sino que sólo nos habíamos acostumbrado a una sucesión de hechos en el tiempo), para Kant formaba parte de la razón humana, de cómo ésta capta lo que sucede.

¿Qué aporta Kant a nuestra visión de las polaridades? De una manera muy general y personal, ofrece la posibilidad de un encuentro novedoso entre “lo que hay” y “cómo experimento” lo que hay[1]. Esta expresión tan gestáltica en referencia a la realidad, siempre ha de contemplar cómo experimento esa supuesta realidad. Cuando Kant diferencia la cosa en sí (coincide con Hume en que no podemos saber lo que es el mundo “en sí”) y la cosa para mí (cómo funciona la razón), nos está inspirando a tomar conciencia de lo que hay y de cómo experimento eso que hay.

Si en un trabajo terapéutico, por ejemplo, una persona se encuentra polarizada entre si está siendo comprometida o si está aguantando en exceso una situación, Kant nos estaría invitando a responsabilizarnos de la realidad (empirismo) a la luz de nuestra propia lectura de esa realidad (racionalismo). Es decir, se trataría de observar la situación que se me está presentando (la que fuere) y de explorar cómo me comprometo y cómo aguanto. ¡Eso es lo verdaderamente importante!: el proceso personal de descubrimiento de la polaridad compromiso/aguante en mí, y cómo eso afecta radicalmente a mi percepción de lo que hay. Podemos anhelar que alguien nos desvele el “resultado final” de una polaridad, que nos diga cuál es su “integración sana”, pero lo único a lo que podemos aspirar y que finalmente nos va a quedar es nuestro propio proceso al respecto[2].

Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831), un verdadero hijo del romanticismo contemporáneo que, frente a Kant, considera toda verdad subjetiva, propuso, más que una filosofía propia, un método para entender el curso de la filosofía a lo largo de la historia de la humanidad. Pero, aunque su enfoque fue historicista, propongo ahora al lector el ejercicio de que piense tan sólo en su propia historia personal. Desde esta perspectiva, sigamos con Hegel: La razón es algo dinámico y la verdad el proceso en sí. Lo “razonable” y lo “verdadero” lo marca el proceso histórico. No podemos decir que alguien anterior se equivocó (léase, nosotros mismos tiempo atrás), porque eso no sería una manera histórica de pensar. Todo ha tenido que ver con el contexto[3]. La Historia se mueve hacia una racionalidad y libertad cada vez mayores.

Así pues, la historia sobrepasa sus propios límites y tiene un “objetivo”, es una larga cadena de reflexiones. Hay ciertas reglas en esta cadena (o fases del conocimiento) que Hegel llama evolución dialéctica. Son tres. En primer lugar, la Tesis, o exposición de una afirmación. En segundo lugar, la Negación (“antítesis”), o una nueva afirmación que contradice la afirmación anterior. Por último, la Negación de la negación (“síntesis”), lo que pone de manifiesto que ambos tienen algo de razón y ambos se equivocan. Es aquí donde los opuestos se complementan dando lugar a una posición más verdadera que, dicho sea de paso, en el futuro volverá a polarizarse y sintetizarse en otra verdad mayor. Esto es aplicable no sólo a la historia, sino a cualquier conocimiento. La tensión dialéctica entre conceptos nos dice que, cuanto más violentas sean las tesis, más fuertes serán las negaciones. Al buscar fallos en un pensamiento anterior (antítesis) conservamos lo mejor de él. Lo que es más “sensato” es lo que tiene posibilidad de sobrevivir. Por ello, la razón de Hegel es una razón dinámica. La realidad está llena de contradicciones.

Dicho en el lenguaje de la Gestalt, en el momento de la integración de dos polaridades en conflicto, nos quedaremos con lo mejor de cada una de ellas. Así pues, Hegel propuso un modelo comprensivo donde, como hemos dicho, lo verdadero habita en el propio proceso de afirmar, negar y sintetizar. Aquí reside la verdad, no en lo que dice un polo u otro. Y si añadimos la confianza que el terapeuta gestáltico tiene en la sabiduría organísmica, la autorregulación e incluso el síntoma, la polaridad en conflicto no sólo es una crisis, ni siquiera una oportunidad, sino la oportunidad de acceder a mayores verdades sobre nosotros mismos. Ya no se trata de que, ante una crisis (polarización), tengamos la oportunidad de crecer, sino mucho más que eso: sin crisis, no hay crecimiento. La falta de contradicción quizás sea el más peligroso de los males si entendemos el crecimiento como conciencia y libertad (no como mera adaptación). La mirada del terapeuta no contempla como algo penoso el hecho de que una polaridad se haya manifestado en conflicto, sino como la referencia de que se trata de un asunto que se está acercando a la resolución. Realmente, la posición inicial de afirmación (tesis) es la más impermeable, y es el surgimiento de su cuestionamiento polarizado (antítesis) lo que abre a la persona, además de al conflicto, a la auténtica posibilidad de integración (síntesis). Bienvenida sea, pues, una polaridad en conflicto consciente.

Siguiendo esta línea confiada y esperanzada en el posible fruto de las polaridades en lucha, Sören Kierkegaard (1813-1855), el “abuelo del existencialismo”, que tuvo una vida corta, intensa, angustiada y apasionada, criticó que, tanto la filosofía unitaria de los románticos como el historicismo de Hegel, habían ahogado la responsabilidad del individuo sobre su propia vida. Parecería -ya en mis palabras-, que la única responsable intencionada de las vidas de los seres humanos fuera la historia. Coetáneo de Karl Marx (1818-1883), cuestiona también los fundamentos del orden social existente. Marx critica la “falta de decisión” de su tiempo, y Kierkegaard la “nivelación”, y ambos llaman a los hombres a la responsabilidad y la decisión.

La nivelación hace referencia a un aplanamiento de la pasión y la existencia, por ejemplo,

“el allanamiento de las disyunciones apasionadas entre hablar y callar hacia el palabreo irresponsable, (…) entre forma y contenido hacia una falta de forma inconsistente, entre estar cerrado y abierto hacia el representar, entre el amor esencial y vicio hacia un galanteo desapasionado, entre el conocimiento objetivo y el convencimiento subjetivo hacia un razonar sin compromiso.”

El hombre, sometido al miedo, tiene una “posibilidad de libertad”, una “elección”, una “decisión”, que son las dos características esenciales de la existencia humana: “un salto… hacia el impulso de decisión… donde escoja y rechace”. “Se trata de si uno se atreve a ser completamente él mismo, una persona individual (…) solo ante Dios (…) con esta enorme responsabilidad.”

Así pues, aunque el concepto de “nivelación” tiene diversos aspectos, quedémonos con su apasionada y vital apuesta por no caer en falsos “puntos intermedios” que, pareciendo integración, sólo son pactos internos de no agresión que anestesian el conflicto y, con ello, la responsabilidad que tenemos sobre nuestra conciencia y existencia. Atrevámonos primero a dudar, a cuestionarnos, a sostener conectados el tiempo necesario una polaridad que duele y asusta porque, si de verdad nos entregamos a ella, nos sentiremos absolutamente perdidos.

La nivelación de Kierkegaard sería una especie de deflexión interna que nos hiciera plantearnos las cosas mortecinamente, sin verdadero contacto. No es raro que nos encontremos en algunos pacientes (o en nosotros mismos) la trampa del como si, a saber, rápidas y “milagrosas integraciones” de aspectos en lucha que, si somos sinceros, apenas se han empezado a experimentar de verdad. Peor aún, afirmaciones acerca de lo claro que está todo en uno mismo (actitudes introyectivas -si se me permite la expresión). Esto no es integración post-conflicto, síntesis post-antítesis, sino mera afirmación pre-conflicto en muchos casos. No es una posición integral, sino unilateral. No es una estación de llegada, sino un escondrijo previo. Insisto: Kierkegaard criticaba “el allanamiento de las disyunciones apasionadas” y, con ello, nos estaba invitando a polarizarnos, a crear el espacio diverso donde cuestionarnos para más tarde decidir y tomar partido, ejerciendo así un verdadero acto de libertad y responsabilidad existencial. En esa tesitura nos ponen las polaridades si antes de intentar llegar al punto de indiferencia creativa, nos atrevemos a estar en lo que podríamos llamar los “polos de diferencias estereotipadas”.

Karl Theodor Jaspers (1883-1969), psiquiatra y filósofo alemán, habló de que las “situaciones límite” ponen al hombre ante sí mismo para que encuentre sus límites. Y este proceso, como a Kierkegaard, le conduce a la desesperanza ante la confrontación con el miedo, la enfermedad y la muerte. Pero este vacío del ser vuelve al hombre hacia sí, que no rehúye esta incomprensibilidad de su existencia, sino que la afirma, entendiendo como parte de la existencia el sufrimiento, la lucha, la desesperación y el fracaso. En la libertad para decir sí o no en este proceso, el hombre puede “comprenderse o malograrse a sí mismo, puede ganarse o perderse”. La última decisión depende de él mismo. No está sólo influido por las circunstancias. Aquí radica lo que llama “elección existencial” o “elección de mí mismo”. El “salto desde el miedo a la calma es lo más horrible que puede hacer el ser humano”.

Cuando Jaspers se refiere a la relación del hombre con sus circunstancias y, por ende, a su libertad para elegir, no deja de basarse (de lejos) en la esencia misma de lo que plantearon los presocráticos estableciendo los antecedentes del determinismo y el libre albedrío. No deja de basarse tampoco (ahora de cerca) en los pilares filosóficos de las psicologías dinámica y conductista por un lado (en las que la libertad está muy mermada por los instintos o los estímulos externos respectivamente) y, por otro, en la psicología humanista, donde la libertad y la responsabilidad son la clave.[4] En este sentido, creo que el paradigma fenomenológico pudo suponer una cierta integración entre las psicologías racional y empírica, teniendo en cuenta el exterior, pero siempre a la luz de la vivencia subjetiva.

Jaspers con sus “situaciones límites”, como Kierkegaard con su “nivelación”, nos vuelven a poner en la tesitura de la confrontación como antesala de la elección libre que nos ofrece la posibilidad de ser nosotros mismos. Lo horrible es la calma, la tibieza ante las cuestiones existenciales, no la angustia que generan.

Martin Heidegger (1889-1976), el “padre del existencialismo”, entiende la existencia como un “ser hacia la muerte”. Esto genera un “estado fundamental de miedo”, pero realmente la muerte afecta llevando a la vida a su plenitud. El miedo a la muerte, a la “nada” contiene una amenaza y, a la vez, la posibilidad de vivir confrontando ese miedo y así caminar hacia la propia realización. En términos de polaridades, es la muerte la que nos ofrece la posibilidad de vivir la plenitud.

Para Jean-Paul Charles Aymard Sartre (1905-1980) el presupuesto fundamental es la libertad humana. Y ser libre es poder elegir y, consecuentemente, tener que elegir. El ser humano está “condenado a la libertad”. “Así, libertad, elección, negación y maduración son una y la misma cosa”. Veamos aquí la fraternidad de cuatro conceptos que nos sugieren la naturalidad con la que el terapeuta gestáltico aúna responsabilidad, confrontación y crecimiento.

Si reconocemos, como no podría ser de otra manera, que Sigmund Freud (1856-1939) y su psicoanálisis fue el padre (y abuelo) de unos descendientes rebeldes de los que formó parte Fritz Perls, tendremos que reconocer que el “perro de arriba” y el “perro de abajo” se inspiraron en el superyó (principio del deber) y el ello (principio del placer). Y si la polaridad fundamental de la “autotortura neurótica” es la lucha de los perros citados, no es por otra cosa sino porque Freud entendía la neurosis como una lucha entre los principios del placer y el deber que, dicho sea de paso, consumían gran cantidad de energía al yo (principio de realidad). Por todo esto, el paradigma psicodinámico contempla el principio de homeostasis y el de polaridad (dualidad), así como el de repetición compulsiva, equivalente al de gestalts inconclusas. Además, podríamos decir que en la radiografía de muchas polaridades se asoma la relación consciente-inconsciente, ya que es habitual que nuestro discurso consciente entre en contradicción con nuestros actos, emociones o deseos primarios, entidades que no pocas veces están sustentadas por lo inconsciente.

Carl Gustav Jung (1875-1961), en su psicología analítica, lleva esto a prácticamente una polaridad del ciclo vital, donde la primera parte de nuestra vida se caracteriza por el desarrollo de un ego sano que nos permita estar en el mundo de forma satisfactoria y, la segunda, será cuando nos adentremos en el descubrimiento de nuestro yo más profundo. Aquí será cuando nos tengamos que encontrar con la sombra, el ánima/animus y el self, es decir, con nosotros mismos a un nivel más hondo.

 

Para finalizar este recorrido por sólo algunos de los antecedentes filosóficos de las polaridades, quiero hacer constar que lo genuino de la terapia Gestalt no ha sido innovar los conceptos fundamentales en los que se apoya, sino hacerlos realmente trascendentes desde la práctica de una actitud terapéutica encaminada a promover la experiencia de la salud, no su teoría. Y, si bien la idea de la polaridad no es ni de lejos patrimonio de la terapia Gestalt, como ha quedado demostrado, sí podemos decir que está tan presente en la comprensión de la persona, de su sufrimiento, y en la visión del trabajo terapéutico hacia la integración, que realmente las polaridades han adquirido un protagonismo especial en nuestra psicoterapia como quizás nunca antes lo habían hecho.

Si un nuevo paradigma del conocimiento humano supone la integración y trascendencia de todas las teorías existentes en una nueva teoría más amplia y global, como bien propone Ken Wilber, el pensamiento del terapeuta gestáltico, formado en la concepción de las polaridades, sin duda cuenta con una mentalidad lo suficientemente abierta como para dar ese “salto” sin demasiadas dificultades. Podrá digerirlo e incorporarlo a su teoría y su práctica profesional como quien integra polaridades en conflicto dentro de una verdad mayor.

 


[1] Kant no hablaría de experiencia, sino del modo en que racionalizo o proceso el mundo externo.

[2] Debo aclarar que Kant nunca enfocó la subjetividad racional de forma tan individualizada como yo ahora, sino que se interesó por la verdad universal, aunque fuera inalcanzable. Él buscaba características generales del funcionamiento de la razón, por ejemplo, que percibimos en el espacio-tiempo y como causa-efecto. Tanto el individualismo moral como el subjetivismo moral, serán característicos del existencialismo posterior.

[3] Esta responsabilidad tan contextual no sería lo que podemos “aprovechar” de Hegel para la terapia Gestalt.

[4] Bajo mi punto de vista, si bien actualmente tanto el psicoanálisis como la psicología cognitivo-conductual otorgan a la persona una clara responsabilidad sobre sus actos, no siempre fue así. Respecto al psicoanálisis ortodoxo, uno no puede sentirse muy responsable de su inconsciente y, respecto a la psicología cognitivo-conductual, la necesidad de poner al sujeto (S) entre el estímulo (E) y la respuesta (R) daba fe de la cortedad del paradigma conductista inicial. Fueron los filósofos fenomenológicos y existencialistas, inspiradores de la psicología humanista, quienes originariamente introdujeron esta visión del ser humano contemporáneo como un ser responsable hasta sus últimas consecuencias.

 

Comentarios

LUCIA CASTROVERDE RAMOS el 28 de 6 del 2018

Fántastica recopilación sobre el término. Muy esclarecedor.

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