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el 8 junio 2026

—Hay verdades que implican dolor, pero también hay mentiras que lo ocultan. Las mentiras protegen, pero también conllevan un daño implícito.

—¿Qué daño va a hacer una mentira si la ignorancia es el elixir que mantiene feliz y estable al ser? Incluso cuando ni siquiera se sabe que se está mintiendo.

—La verdad es aquel sol que, tras la mentirosa colina, sale al alba y, al mirarlo, te ciega y daña los sentidos. La mentira que tapa una verdad es como una montaña que tapa el ardiente fuego. No seas ingenuo e intentes retener al astro que adoramos y cuya vuelta esperamos. Se pone y ocurre la mentira, el momento en que las cosas parecen ser lo que no son. Pero los rayos de la verdad han estado demasiado tiempo escondidos y salen con euforia por las grietas del aire y del tiempo. Cuando observas esta verdad llameante, daña tus ojos juiciosos y expectantes de realidades. Para muchos, el contraste entre la oscuridad y la luz, entre la nada y el todo, es doloroso.

¿De qué forma hablan las verdades que esperan ser descubiertas? ¿Y si el malestar es la forma que tienen las verdades inquietas y desesperadas de llamar la atención, pidiendo ser escuchadas? ¿Y si ese malestar viene del no saber? Y, al menos, sí que te das cuenta de que algo no va bien… Entonces caí. Caí en que las profundas verdades son de lágrimas y risas, de amor y de dolor.

Puede que la alegría y el dolor se fusionen en una danza extraña con una música que me incita a escribir esto.

El dolor y la alegría son tan naturales como los días soleados y las tormentas. Solemos estar metidos en una partida de ajedrez en la que colocamos al dolor como nuestro adversario. Planeamos estrategias y jugadas para darle esquinazo o para tirar a su rey, cuando realmente puede ser nuestro aliado. Un aliado que nos puede susurrar nuestro remedio. Así podremos ganar la partida y salir victoriosos, pero no contra él, sino como parte de nuestro equipo. Empecemos por decirnos «me duele…». Con esto, movemos el primer peón hacia la ganancia del autoconocimiento; y, si este pudiera hablar, me diría algo así: «Tendrás mi compañía si estás dispuesto a preguntar y responder con la observación, aquella sin pretensión al autoengaño». 

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