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el 16 abril 2026

En las primeras sesiones de nuestros alumnos psicólogos (Formación en Terapia Gestalt y Prácticas Externas Universitarias) suele pasar siempre lo mismo: el paciente comparte algo doloroso, aparece un silencio, y el terapeuta siente la urgencia de intervenir, explicar o proponer una solución.

Es natural. Nadie nos enseña a sostener el malestar ajeno sin intentar repararlo. Pero, en terapia, esa prisa suele interrumpir justo lo más valioso: la posibilidad de que el paciente contacte por sí mismo con su experiencia.

La Gestalt recuerda algo esencial: el cambio no nace de entender intelectualmente lo que nos pasa, sino de vivirlo de una forma nueva en el presente. No transforma tanto una explicación brillante como ese instante en que el paciente se da cuenta, desde dentro, de algo que antes no veía.

Por eso escuchar en terapia no es solo atender al contenido. Es percibir también el cuerpo, la respiración, los silencios, los gestos. La experiencia. A veces una pausa larga, una gesto cabizbajo, una voz que se quiebra, dicen más que cualquier relato.

Ahí entra la presencia terapéutica: esa capacidad de estar con el paciente sin huir hacia la técnica, sin llenar enseguida el silencio, sin refugiarse en interpretaciones. Estar de verdad con el otro exige tolerar no saber, no controlar, no resolver.

Y eso solo es posible si el terapeuta ha hecho trabajo personal. No podemos acompañar a alguien a lugares emocionales que nosotros mismos evitamos. Nuestros puntos ciegos aparecen inevitablemente en sesión. Nuestras heridas se reabren. Nuestras tensiones modifican la sesión. Nuestra incomodidad se hace palpable.

La paradoja es esta: cuanto menos forzamos el cambio, más posible se vuelve. Cuando el paciente siente que no tiene que apresurarse ni adaptarse a expectativas, empieza a aflojar defensas y puede encontrarse consigo mismo. Cuando el paciente se entera bien de cómo está decidiendo responder en sus conflictos, elige cambiar. Si quiere.

Esto no suele enseñarse en la universidad. Se aprende en la práctica -es decir, formaciones muy prácticas en psicoterapia como la Formación en Terapia Gestalt-, en supervisión, y en el propio proceso personal del terapeuta.

Porque a veces la intervención más profunda no consiste en hacer algo, sino en saber permanecer. Y esto no se aprende en un protocolo, se aprende estando.

Comentarios

Palmira González López el 16 de 4 del 2026

Que fácil parece y que difícil es!

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