Blog

el 31 marzo 2026

Hace unos días caminaba por unas abarrotadas calles. El estrés, la prisa y los gestos torcidos en los rostros eran lo más abundante. Nadie miraba a nadie. Tuve que coger un autobús en medio de todo ese movimiento constante. Estaba apoyado en la parada, escuchando música con mis cascos a un volumen no recomendable. Un autobús, que no era el que tenía que coger, paró y me quedé mirando a las personas de su interior. Más de lo mismo, más como yo. Pude contar pocas caras que no fueran de seriedad o absortas en una pantalla. Mientras echaba un vistazo rápido, vi a una persona al final del autobús mirándome. Como si de un reflejo se tratara aparté la mirada, pero quise mantenerla. Seguía con los ojos clavados en mí y me regaló una ligera sonrisa. Continué mirando, ya con el rostro más alegre. Cuando el autobús avanzó y nos quedamos a la misma altura, volvió a sonreírme abiertamente acompañado de un gesto amable. Le devolví el gesto. Ese breve momento cambió mi día, sentí que me despertó de algo. Tras pocos minutos, el autobús que tenía que coger llegó. Me senté y me puse a escribir:

Llora sin que se te note. Abraza en poco tiempo por si se agota el infinito... Habla de lo incómodo y valiente en voz bajita por si te escuchan. Grita lo impuesto para que los oídos no capten el pensar. Sueña para tus adentros para no ser un loco y, sumado a todo esto, sigue al resto para lograr el superpoder de la invisibilidad.

Ese poder que de niños soñábamos para colarnos en lugares y enterarnos de lo que hablaban los mayores. Ahora ese poder se ha transformado amargamente. Creo que muchos lo hemos logrado: invisibles para evitar ser vistos, o puede que juzgados o, sencillamente, para evitar ser dañados. Lograr ser uno más para, quizás, no molestar y esquivar el foco —consciente o inconsciente— del dolor. Tal vez muchos alcancemos la invisibilidad: ocultos en el silencio, quietos por fuera, pero rebeldes en mente. En un lugar llamado sociedad, donde es difícil encajar si cantas altamente tu alegría; difícil para aquellos que no quieren creer que todos los rostros en la calle sean serios o retorcidos. Que la excepción sea el que, sin más, te sonríe. Este lugar con unas reglas no escritas que parecen decir que no hay sitio para sencillamente ser abiertamente, para mostrar y dejar ver al resto de personas que somos justamente eso… ¡Personas! Hagamos recordar qué somos.

Lo diré en términos de enfermedad y cura. Enfermos por seguir un patrón antinatural: pantallas, ritmos desenfrenados, estrés, soledad, individualismo, comparaciones y un largo etcétera. Me atrevo a decir que una de las causas primeras de estas consecuencias es la falta de contacto. Y me pregunto, ¿por qué no ser el antídoto de este virus? El virus aparente —y bien implementado— de la indiferencia. Una que, personalmente, me huele a que viene del miedo: a pensar diferente, a salirse de lo establecido que nos separa y nos desconecta. Miedo a que siendo personas seamos diferentes y castigados.

Me recuerdo que puedo ser rebelde y gritar a pulmón abierto mi sentir, pesar y gracia. Escuchar para despertar compasión, acompañar para derribar la soledad, abrazar para adormecer el dolor y avivar mi fuego. Mirar para entender y empatizar. Ser aquel niño soñador. Podemos ser la cura, estar en contacto.

Y esto me lleva a pensar en el silencio de muchas personas. Puede que uno quiera gritar, oler una flor, llorar, cantar, reír, correr… Pero seguimos en silencio, aparentando “normalidad”, viviendo en un mundo donde cada vez se va reduciendo más lo que puede ser visible.

Dejemos la invisibilidad a un lado y comencemos a vernos. 

Comentarios

Deja un comentario

En cvap.es utilizamos cookies propias y de terceros para ofrecerte lo mejor de nuestra web. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso.