En Valencia ya están empezando las Fallas y una de las señales más claras es el ruido y el olor de la pólvora: mascletás, castillos de fuegos artificiales y multitud de personas lanzando petardos, tanto niños como adolescentes y adultos a lo largo de todo el día.
Me quiero centrar en concreto en el ruido y en el comportamiento que voy observando.
Están las personas que desean que llegue el día 20 de marzo y que todos los petardos y el ruido que conllevan se haya acabado porque les molesta, les incomoda, no les gusta. También quienes les tienen fobia, les asustan muchísimo y lo pasan verdaderamente mal. Y quienes tienen perros y también huyen de ese ruido que les asusta en sus paseos diarios.
Y luego están las personas a las que ves disfrutando, encendiendo con una mecha los distintos tipos de petardos y mirando cómo explotan.
Hay una tienda de petardos muy cerca de mi casa y suelo ver en la acera una larga cola de personas muchos días para comprarlos.
Me pregunto qué sentirá cada una de esas personas y fantaseo con las posibilidades.
Puede que, sencillamente, se dejen llevar y los vayan encendiendo y tirando “porque son Fallas y toca.”
Puede que aprovechen para sacar la rabia que llevan dentro y se acuerden de ciertas situaciones y/o personas cuando los lanzan.
Puede que se sientan con más valentía viéndose capaces de prenderles fuego.
Puede que el ruido externo les haga no prestar atención a su ruido interno, su ruido mental.
También es un buen momento para observar la empatía de las personas: quienes esperan a que pases para lanzar el petardo porque han mirado antes si había alguna persona cercana y quienes dejan claro que les importa un pimiento todo aquello que no sea ellos mismos y la mecha que llevan en la mano para encenderlo.
Me pregunto con qué les conecta el ruido. Observo las caras de las personas que están en una mascletá (espectáculo pirotécnico que se lleva a cabo por el día y donde se disparan rítmicamente miles de petardos de gran potencia durante unos 5-7 minutos) y veo cómo se van fusionando con el sonido atronador que va in crescendo, su cara de disfrute y los aplausos y gritos de euforia cuando ya ven que está finalizando.
Transmiten una conexión plena, olvidándose de todo aquello que no esté sucediendo en ese preciso momento, un aquí y ahora que no deja lugar a nada más y que les hace sentir muy vivos.
Situaciones cotidianas de ahora mismo que me despiertan curiosidad y reflexiones.
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