La terapia Gestalt parte de un modelo sencillo y profundo a la vez: el ser humano tiende naturalmente a satisfacer sus necesidades. Cuando algo interrumpe ese proceso, la experiencia queda inconclusa. Y lo inconcluso no desaparece: permanece, buscando completarse.
En términos teóricos, una persona saludable sería aquella capaz de darse cuenta de su necesidad, movilizarse hacia su satisfacción, entrar en contacto, retirarse cuando esa necesidad ha sido satisfecha y reposar en lo vivido antes de que emerja una nueva figura.
En cada una de esas etapas pueden producirse interrupciones —lo que en Gestalt llamamos mecanismos neuróticos—. Pero hoy quiero detenerme en un movimiento que no siempre sabemos hacer bien: la retirada. La separación. No basta con satisfacer una necesidad; es necesario también poder despedirse de ella.
En terapia Gestalt, justo en este momento del ciclo de la experiencia, hablamos de un mecanismo neurótico llamado confluencia. Se trata de una pérdida de límites en la que la persona deja de diferenciar claramente dónde termina ella y dónde empieza el otro. Es una especie de fusión con aquello que satisface su necesidad. Y cuando estamos fusionados, separarnos se vuelve extremadamente difícil.
Cuando esa fusión está presente, la despedida no se vive como una transición natural, sino como una mutilación. No es solo que algo termine, es que siento que me quedo sin una parte de mí. Y eso, visto así, es profundamente doloroso de atravesar.
Quizá por eso, en lugar de cerrar, intentamos prolongar. Sostenemos vínculos que ya no están vivos, evitamos conversaciones necesarias o llenamos el vacío rápidamente con algo nuevo. Es como si apareciera el miedo a no saber quién soy sin “eso”. Y ahí comienza la incomodidad. Y, con ella, la tentación de permanecer unidos a lo que ya terminó.
Todos hemos experimentado, en alguna medida, la angustia de la separación: el dolor de perder una relación, dejar un trabajo, mudarnos de casa o de ciudad. En cada uno de estos movimientos se activa algo profundo. No se trata solo de un cambio externo; se pone en juego nuestra identidad, nuestros vínculos y el modo en que nos sostenemos en el mundo.
Cerrar no significa borrar lo vivido ni restarle importancia. Tampoco es traicionar lo que fue significativo. Cerrar es reconocer que algo tuvo su tiempo y su función. Es agradecer lo que aportó y aceptar que ya no continúa del mismo modo.
La retirada sana no es abandono; es diferenciación. Es recuperar los propios límites, volver a uno mismo y permitir que la experiencia repose antes de que algo nuevo emerja.
Solo quien puede despedirse puede seguir adelante con libertad.
Tal vez crecer consista, en gran medida, en aprender a despedirse.
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