La digitalización del mundo se extiende rápidamente hasta el vértigo. Ya se escucha decir que en pocos años la inteligencia artificial nos destruirá a todos. Aprende mucho más deprisa que los humanos; no tenemos unos objetivos claros que contengan su crecimiento, al igual que una especie invasora; podría manipularnos y mentirnos, aprendiendo así de nosotros; podría atacarnos (ciberataques, tomar el mando de nuestros recursos, utilizar eficientemente la desinformación, confundirnos con los datos informáticos que nos ofrezca); en suma, podría tomar el control de nuestras vidas, sociedades y civilizaciones. No es que el ser humano haya demostrado ser a lo largo de la historia un controlador fiable, dadas las continuas guerras, agresiones medioambientales, injusticias sociales y el propio hecho de que estemos hablando de lo que nos ocupa, pero un cierto control es más tranquilizador que la incertidumbre de robots que decidan nuestras vidas y jueguen con ellas. Siempre nos hemos quejado de que para los gobernantes y políticos en general solo somos números, pero ahora podría ser literalmente así. Al fin y al cabo, la IA ni siquiera necesita -ni puede- sentir hostilidad hacia nosotros para desarrollar una estrategia con la que tomar el control.
Sin llegar a estos escenarios apocalípticos, en nuestro día a día convivimos con crecientes muestras de una apuesta por la cantidad frente a la calidad, de la forma frente al fondo, de lo objetivo frente a lo subjetivo, de la atención vacía frente al contacto nutritivo, de lo rápido frente a lo sereno, de los textos cortos y superficiales frente a las narrativas detenidas y complejas, de la charlatanería frente a la información y la honestidad, de lo adictivo frente a lo satisfactorio, del scroll infinito frente a la conclusión de las cosas y la retirada sana para volver a nosotros mismos. Para variar, en psicología las cosas con frecuencia son lo contrario de lo que parecen, y solemos compensar lo insano para disimularlo. Así, nunca se ha hablado más de la protección de datos (porque no la hay) ni de los creadores de contenido (porque parlotean sin más intención que llamar nuestra atención unos segundos más). Como las personas ebrias o drogadas, este mundo digitalizado, pobre en contacto emocional y excesivo en emocionalidad hueca e histriónica, nos da la impresión de aumentar y enriquecer nuestras relaciones mientras nos vamos aislando.
Deseo, espero, creo… que, al ritmo frenético por el que transitamos nuestras vidas, nos hartemos pronto de toda esta mierda fatua, pura presunción sin fundamento, y volvamos al contacto sereno e íntimo con la esencia de nuestra naturaleza interior y exterior.
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