"Quiero esto y lo quiero ya”.
La frase podría leerse en clave puramente consumista, y no sería erróneo hacerlo. Hoy, además, es completamente válido. ¿Qué necesito? Cojo el móvil, lo busco, lo compro. En un par de días —a veces en horas— lo tengo en la puerta de casa.
Pero en ese gesto cotidiano se ha ido diluyendo algo más profundo: el saber estar con lo que no tengo. La capacidad de frustrarse, de esperar, de convivir con la falta, con la carencia. Antes, el proceso de búsqueda era más largo, más incierto: encontrar la tienda, visitar varias, preguntar, no saber si habría stock o si finalmente sería posible. Hablo, de momento, en términos materiales.
Cuando de pequeño se rompía el mando de la consola, el camino hasta tener otro era lento y nada garantizado. Había tiempo. Tiempo para desear, para enfadarse, para resignarse, para imaginar. Y también tiempo para valorar. Lo que tenía, lo que no tenía, y lo que significaba, finalmente, volver a tenerlo.
Ese proceso más lento, más pausado, cargado de incertidumbre, también traía consigo una satisfacción distinta. Más profunda.
No se trata de negar las enormes ventajas del mundo actual: la rapidez, el acceso casi infinito a productos, la información que ofrecen las reseñas, la posibilidad de no equivocarse tanto. Cuántos mandos de consola comprados por nuestros padres no eran los adecuados por falta de variedad o información. O cómo lo digital ha permitido que lugares antes desatendidos —la llamada España vaciada— puedan hoy cubrir muchas de sus necesidades.
Y, aun así, me interesa otra lectura. Una lectura emocional y terapéutica: qué pasa con la ansiedad, con la espera, con la insatisfacción, con la carencia. Qué lugar les damos. Y qué saludable puede ser aprender a convivir con ellas como parte inevitable —y realista— de estar en el mundo.
Porque la otra cara de la moneda es la valoración. La celebración. Reparar o conseguir algo tras un proceso más costoso suele generar una satisfacción más honda que la llegada casi automática de un paquete al día siguiente de haber hecho un clic.
Y vuelvo a valorar y a cuestionar este mundo que habitamos. ¿Cuán afinados estamos hoy para elegir lo que de verdad queremos? Podemos ser Reyes Magos sin apenas ansiedad ni prisa, desde el sofá, asegurándonos de que nuestros hijos tengan exactamente ese muñeco que han pedido. Pero en ese gesto también se pierde algo: la búsqueda, la preparación, la espera, incluso nuestra propia emoción como Reyes Magos. Un clic ha hecho los deberes por nosotros.
En terapia aparece un eco claro de todo esto. Personas, alumnos que se están formando en psicoterapia, que llegan buscando una solución rápida, una reparación inmediata del malestar psicológico. Como ese paquete que debería llegar mañana. Si nos hemos acostumbrado a la inmediatez en la satisfacción, ¿cómo no desear lo mismo para el resto de nuestras insatisfacciones?
No pretendo concluir nada cerrado. Solo abrir una reflexión: hasta qué punto esta facilidad para acortar la espera ha ido estrechando también nuestra relación con la ansiedad y con la valoración. Vivimos, sí, más cómodos. Pero quizá también un poco menos entrenados para habitar la falta, el proceso y la espera que, nos guste o no, siguen siendo parte esencial de la vida.
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