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el 24 octubre 2022

¿Qué incita nuestros actos, pensamientos y sentimientos? La teoría del inconsciente, procedente del psicoanálisis, padre de la terapia Gestalt, nos habla de que nuestras motivaciones, a menudo, no son las que parecen.

Los postulados centrales de la teoría de lo inconsciente de Freud no son complicados: no sabemos por qué sentimos lo que sentimos; no sabemos por qué le tememos a lo que le tememos; no sabemos por qué pensamos lo que pensamos y, sobre todo, no sabemos por qué hacemos lo que hacemos. Lo que sentimos, tememos, pensamos y hacemos es mucho más complicado e interesante de lo que parece. (Kahn, [2002] 2003).

Entendemos el desarrollo y la salud psicológicos como un camino de conciencia, pero el objeto de nuestra toma de conciencia no se situará únicamente en el mundo que nos rodea, sino también en nosotros mismos, en nuestro interior. ¿Por qué sentí tanta furia o pena o culpa contra mi padre, o mi madre, o contra un amigo cuando mostró determinada actitud o dijo algo, si no parece estar en absoluto justificada la intensidad de mi reacción? ¿Por qué he sufrido esta inesperada crisis de ansiedad, o he sentido terror al tener que ser presentado en público? ¿Por qué se me meten estas ideas en la cabeza, tan horribles e impropias de mí? ¿Por qué me he quedado en blanco cuando me miró aquella persona de aquella manera? ¿Por qué tengo pensamientos tan autodestructivos o tan ingenuamente optimistas? ¿Por qué parece que nunca aprendo de la experiencia en este determinado asunto? ¿Por qué sigo haciendo lo que me hace daño? ¿Por qué no muevo un dedo para hacer lo que llevo años diciendo que quiero hacer y, sin embargo, hago otras cosas que me dejan tan insatisfecho? ¿Por qué me siento de pronto tan angustiado y hacer este ritual aparentemente estúpido me calma? ¿Por qué no consigo quitarme de la cabeza la idea de que tengo una enfermedad mortal, si todos los médicos consultados me aseguran que no me encuentran nada? ¿Por qué a veces pienso en hacerme daño y siento que no merezco que me quiera nadie?

Cuando las grandes empresas invierten ingentes cantidades de dinero en publicidad, ¿por qué casi siempre optan por mensajes sexuales o emocionales relacionados con la sexualidad y la felicidad más plenas y no eligen mensajes racionales dirigidos a las características del producto que quieren vender? ¿Acaso invocar al sexo, la felicidad, la belleza o la juventud, además de a una autoafirmación agresiva, vende más que conocer el propio producto? Parece ser que sí. La publicidad descubrió hace varias décadas que el éxito en ventas no se basa en que el potencial comprador conozca objetivamente un producto (principio de realidad), sino en que lo identifique con alguien o algo deseable para él, es decir, atractivo, feliz o hermoso (principio de placer). Hay un nivel donde compramos lo que nos sirve, y hay otro nivel mayor donde elegimos lo que nos sugiere placer y felicidad. Así pues, la publicidad quiere ilusionar, no informar; va al inconsciente, a las emociones y al ideal, no a la consciencia y a la realidad. Hay demasiado dinero en juego como para que esto no esté más que demostrado en los balances de cuentas finales.

 

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