2665 WP_Post Object ( [ID] => 2665 [post_author] => 3 [post_date] => 2018-01-06 15:40:58 [post_date_gmt] => 2018-01-06 14:40:58 [post_content] => 96.1 Mi vecina Elia ha recibido los regalos de navidad, y esta mañana ha venido a enseñármelos. Nos tenemos mutuamente fascinadas. Cada vez que nos vemos, ella me enseña lo alto que puede saltar,  y yo me sorprendo y la festejo como si fuera la primera vez. Hoy ha venido muy contenta a enseñarme un juego de piezas que le ha traído papá Noel. Me ha estado explicando cómo funciona y como hay que hacer para ensamblar unas piezas con otras… mira, ¿ves? Se muestra paciente conmigo. Hace varios intentos con un par de bloques que parece que no encajan como los otros… Opta finalmente por darle unos golpecitos, presiona un poco y… ya está, ¿ves? Sigue con otros dos y de vez en cuando vuelve hacia atrás a repetir la operación con los que no encajaron del todo: ya está, ¿ves? Es una escena que he visto infinidad de veces, y siempre me despierta una ternura renovada. Vivir a un metro por debajo del discurrir de la vida. La mirada dirigida hacia arriba, lo grandes que se ven las cosas desde ahí. Una representación del mundo a medio hacer,  sin parámetros preconcebidos. La confusión entre lo real y lo imaginario, lo posible y lo deseado. Tanteando un mundo con herramientas a medio desarrollar, explorando y comprendiendo sin ensayos previos en laboratorio. Desde ahí me resulta muy fácil sentir la vulnerabilidad, la mía y la de los demás. La escena que describo es fácilmente reconocible por todo el mundo. Quizá no somos tan conscientes de cómo se contagian de nuestro tono emocional. En este mundo nuestro, es frecuente ver reuniones familiares con muchos adultos y pocos niños. Basta observar un poco para ver a los niños salir pitando conforme el tono emocional  de los mayores se dispara y como acaban pegados a los pacíficos de la reunión como pegatinas. Se contagian de la paz o la hostilidad que vamos destilando. De esto también tendrá que aprender a protegerse. Más pronto que tarde mi vecina empezará a cerrarse. Desarrollar sus herramientas lleva consigo funcionar en un mundo predecible, con patrones predecibles e imágenes predecibles. Es necesario que así sea aunque ese proceso se lleve por delante lo más esencial de sí misma. Es imprescindible que ponga la barrera necesaria entre ella y el desparrame emocional de sus mayores. No puede ser de otra manera. Yo voy llegando a la conclusión, de que la misma herramienta que sirve para protegernos nos acaba haciendo más vulnerables. Acabamos nadando como buzos desorientados. Quizá mi visión pueda estar sesgada porque yo me suelo encontrar con las personas en el momento en el que el sufrimiento les golpea con fuerza. Pero cada vez me convenzo más de que esto que describo es un fenómeno que se extiende más allá de las paredes de la clínica. Si Elia llegara a verse en esa situación, le deseo reflejos para darse por enterada y valor para ponerse manos a la obra. Porque también me voy convenciendo de que a partir de un determinado momento, es necesario haber hecho algo con los tornillos pasados de vueltas. La bajada de la vida marca también su ritmo y sus exigencias;  y no poder atenderlas es como ir por la playa con los tacones de nochevieja: un desatino. El viaje en sí marca su ritmo y sus hitos. La vida tiene hilos que saben de lo esencial y de lo que toca en cada momento. Le deseo confianza para vivirla.   [post_title] => Con mis mejores deseos - Purificación Argente [post_excerpt] => [post_status] => publish [comment_status] => open [ping_status] => closed [post_password] => [post_name] => con-mis-mejores-deseos-purificacion-argente [to_ping] => [pinged] => [post_modified] => 2018-01-06 15:40:58 [post_modified_gmt] => 2018-01-06 14:40:58 [post_content_filtered] => [post_parent] => 0 [guid] => http://www.cvap.es/?p=2665 [menu_order] => 0 [post_type] => post [post_mime_type] => [comment_count] => 0 [filter] => raw )

Con mis mejores deseos – Purificación Argente

96.1

Mi vecina Elia ha recibido los regalos de navidad, y esta mañana ha venido a enseñármelos. Nos tenemos mutuamente fascinadas. Cada vez que nos vemos, ella me enseña lo alto que puede saltar,  y yo me sorprendo y la festejo como si fuera la primera vez.

Hoy ha venido muy contenta a enseñarme un juego de piezas que le ha traído papá Noel. Me ha estado explicando cómo funciona y como hay que hacer para ensamblar unas piezas con otras… mira, ¿ves? Se muestra paciente conmigo.

Hace varios intentos con un par de bloques que parece que no encajan como los otros… Opta finalmente por darle unos golpecitos, presiona un poco y… ya está, ¿ves? Sigue con otros dos y de vez en cuando vuelve hacia atrás a repetir la operación con los que no encajaron del todo: ya está, ¿ves?

Es una escena que he visto infinidad de veces, y siempre me despierta una ternura renovada.

Vivir a un metro por debajo del discurrir de la vida. La mirada dirigida hacia arriba, lo grandes que se ven las cosas desde ahí. Una representación del mundo a medio hacer,  sin parámetros preconcebidos. La confusión entre lo real y lo imaginario, lo posible y lo deseado. Tanteando un mundo con herramientas a medio desarrollar, explorando y comprendiendo sin ensayos previos en laboratorio.

Desde ahí me resulta muy fácil sentir la vulnerabilidad, la mía y la de los demás.

La escena que describo es fácilmente reconocible por todo el mundo. Quizá no somos tan conscientes de cómo se contagian de nuestro tono emocional. En este mundo nuestro, es frecuente ver reuniones familiares con muchos adultos y pocos niños. Basta observar un poco para ver a los niños salir pitando conforme el tono emocional  de los mayores se dispara y como acaban pegados a los pacíficos de la reunión como pegatinas. Se contagian de la paz o la hostilidad que vamos destilando.

De esto también tendrá que aprender a protegerse. Más pronto que tarde mi vecina empezará a cerrarse. Desarrollar sus herramientas lleva consigo funcionar en un mundo predecible, con patrones predecibles e imágenes predecibles. Es necesario que así sea aunque ese proceso se lleve por delante lo más esencial de sí misma. Es imprescindible que ponga la barrera necesaria entre ella y el desparrame emocional de sus mayores. No puede ser de otra manera.

Yo voy llegando a la conclusión, de que la misma herramienta que sirve para protegernos nos acaba haciendo más vulnerables. Acabamos nadando como buzos desorientados.

Quizá mi visión pueda estar sesgada porque yo me suelo encontrar con las personas en el momento en el que el sufrimiento les golpea con fuerza. Pero cada vez me convenzo más de que esto que describo es un fenómeno que se extiende más allá de las paredes de la clínica.

Si Elia llegara a verse en esa situación, le deseo reflejos para darse por enterada y valor para ponerse manos a la obra.

Porque también me voy convenciendo de que a partir de un determinado momento, es necesario haber hecho algo con los tornillos pasados de vueltas. La bajada de la vida marca también su ritmo y sus exigencias;  y no poder atenderlas es como ir por la playa con los tacones de nochevieja: un desatino.

El viaje en sí marca su ritmo y sus hitos. La vida tiene hilos que saben de lo esencial y de lo que toca en cada momento. Le deseo confianza para vivirla.

 


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