Todo comenzó en un parque – Montse Rebollida

Imaginemos la escena: son las seis de la tarde de un viernes y hay un grupo de adolescentes en un parque, unos sentados en el respaldo de un banco y con los pies apoyados en el asiento, otros de pie, hablando y moviéndose porque sus hormonas les producen tanta energía que no pueden estar quietos. Algunos ya han cumplido los dieciséis, el resto todavía tienen quince y hay alguno de catorce. Sus risas se escuchan desde el otro lado del parque, mientras miran cómo el chistoso del grupo imita los andares de un mono. Han quedado esta tarde para empezar el fin de semana. Estaban deseando que llegara el viernes para pasar más tiempo juntos, sabiendo que al día siguiente no hay que madrugar, que no hay que ir a clase, que hoy podrán compartir risas de una forma más relajada. Compartir… Uno de ellos dice que quiere enseñarles algo que le han dado. Los demás se muestran excitados: ha conseguido despertar su interés. Mira a derecha e izquierda y, con un gesto lento y sigiloso, saca del bolsillo derecho de sus pantalones vaqueros una bolsita. Todos sus amigos tienen la vista puesta en la bolsa, intrigados y a la espera de que les enseñe qué es lo que lleva ahí dentro. -Es marihuana. En el grupo de amigos, hay reacciones de todo tipo: los hay que miran fijamente la mano que sostiene la bolsa, los hay que le miran directamente a la cara a la espera de una explicación más detallada, los hay que dan un paso atrás. -¿Qué os parece si la probamos y vemos qué tal? De nuevo, no todos responden por igual. Algunos sonríen pensando que esto les hará sentirse mayores, otros dicen que no quieren malos rollos y que pasan, algunos indecisos miran a los demás, sin atreverse a dar su opinión y dejándose llevar por lo que diga y haga la mayoría. El chico que ha traído esta tarde la marihuana intenta convencerles para que la fumen entre todos. -Todo el mundo la fuma. Venga, no seáis cobardes. Vamos a probarla que no pasa nada. El chistoso del grupo (el que antes imitaba los andares de un mono) se resiste. Lo escuchan en silencio pero, de pronto, uno de ellos dice que sí, que adelante, y hay otros dos que dicen, aunque no muy convencidos, que vale, que vamos a ver qué pasa....
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La cárcel sin rejas – Salut Castell

“Libertad”, qué bonita y elogiada palabra. Libros y películas apasionantes abordan este tema. Cómo olvidar ese inspirador grito de Mel Gibson en Braveheart “puede que nos quiten la vida, pero jamás nos quitarán la libertad” o la lucha por recobrar su libertad del protagonista de “12 años de esclavitud” que, siendo un hombre libre, es secuestrado y obligado a hacerse pasar por esclavo. En la calle, en las noticias, en las redes sociales, día tras día, se clama por la libertad de expresión, de culto, libertad sexual, etc. Pero, ¿y nosotros? ¿nos permitimos esa libertad para con nosotros mismos? Razón tienen las siguientes palabras de James Morrison : “The most important kind of freedom is to be what you really are. You trade in your reality for a role. You trade in your sense for an act. You give up your ability to feel, and in exchange, put on a mask. There can’t be any large-scale revolution until there’s a personal revolution, on an individual level. It’s got to happen inside first.”. “El tipo de libertad más importante es ser lo que realmente eres. Cambias tu realidad por un papel. Cambias tu sentido por un acto. Renuncias a tu capacidad de sentir y, a cambio, te pones una máscara. No puede haber una revolución a gran escala hasta que haya una revolución personal, a nivel individual. Primero debe suceder dentro”. Empuñamos la espada a grito de guerra para cualquier revolución alejada de nuestra vida interna, cuyas profundidades sólo se aventuran a explorar los más intrépidos. Nos acostumbramos al automático, a no cuestionarnos, a no detenernos a ver qué nos implican las decisiones que tomamos día a día, si ponemos todas las cartas sobre la mesa o sólo tenemos en cuenta media baraja, a no ampliar nuestra mirada más allá de lo que alcanza nuestra vista. Incluso en muchas ocasiones ni siquiera somos conscientes de nuestro grado de libertad para decidir. Tomar conciencia de cómo nos torpedeamos, de cómo limitamos nuestro hacer, nuestro sentir, nuestro ver, no es algo que acostumbremos a tener en cuenta, a pesar de que estos sucesos sean un continuo en nuestra vida. Parece sencillo “ser lo que somos”. De hecho, construimos una falsa libertad sobre un cuerpo anestesiado de la vida. Nuestro ser libre, nacido con todas sus capacidades, se ve limitado por cómo nuestro inconsciente nos hace prisioneros de nuestros propios miedos. En una...
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La oportunidad que traen las crisis – José García

Con frecuencia olvidamos poner el acento que merecen la crisis, el lugar donde todo se inicia. A veces, en el mejor de los casos, nos imaginamos decidiendo crecer o conquistar nuevos territorios interiores por puro placer sin más, porque se me promete una vida mejor. Pero es sabida la carencia necesaria que precede a la satisfacción, el drama de un pueblo que necesita de un héroe que haga un viaje y regrese, de la infancia que termina en la adolescencia (de adolecer, dolor, carencia). Ya va siendo conocida la procedencia del término crisis que nos recuerda Karl A. Slaikeu: “El término chino de crisis (weiji) se compone de dos caracteres que significan peligro y oportunidad, ocurriendo al mismo tiempo (Wilhelm, 1967). La palabra inglesa se basa en el griego krinein que significa decidir (Lidell y Scott, 1968).” Guillermo Borja señala al respecto: “Lo que más atemoriza al ser humano es caer en una crisis porque pone de manifiesto todo lo que está irresuelto: la dependencia, la necesidad, la carencia… No se puede resolver nada profundo si no es a través de una crisis, pues ella misma posee los elementos de la curación.” Y es que la crisis (el malestar, el síntoma, el conflicto), no sólo es un “mal” ante el que podemos iniciar un “viaje”, un proceso personal, ni siquiera es sólo una oportunidad en el sentido “oportunista” y controlado; es más que eso: sin crisis, no hay cambio. Sin insatisfacción, sin carencia, sin deseos frustrados, sin falta o, como mínimo, sin aspiraciones mayores a lo que se tiene, no se dan las condiciones para el movimiento. Por ello podríamos decir que la primera capa de la neurosis que señala Friz Perls es la más inconsciente, la más “enferma”, la más propensa a los síntomas (que afloran como elementos extraños que la persona no sabe a qué vienen y que sólo busca acallar con unas pastillas -a veces necesarias- o una terapia “milagrosa” lo antes posible). Es cierto que hay personas que están bastante sanas y, no tiene sentido dramatizar las cosas ni considerarse “superior” a los demás en ningún sentido debido a la inquietud por conocerse y crecer, como ocurre a algunos terapeutas en sus inicios egotistas o incluso después, pero también es cierto que los “buscadores”, los que han cambiado el mundo con sus innovaciones filosóficas, artísticas, legales o técnicas en todos los campos del conocimiento humano interno y...
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Hielo en Las Vegas – Purificación Argente

TAC-TAC-TAC-TAC… el ruido se confunde con la música. Cesa la música. TAC-TAC-TAC-TAC… sí que parecen petardos. La locutora de la radio advierte que no están repitiendo el audio… y se sigue oyendo durante unos minutos agónicos. Yo ya sé que no son petardos, he oído la noticia y sé que ese ruido que no cesa, son disparos sobre personas que están cayendo al suelo como piezas de dominó. De golpe me doy cuenta de lo familiar que me resulta ese sonido. La realidad es que lo llevo oyendo toda mi vida en la tele… en las películas de guerra, en las de atracos a los bancos, las de la mafia, las de espías, las de brigadas de policías velando por la seguridad de la ciudad, las de superhéroes, las de salvar al mundo, las de narcos… y en general aquellas en las que el bueno se toma la justicia por su mano y acaba con el caos. Desde que se diversificaron las cadenas todas las tardes de los sábados podemos ver cómodamente desde el sofá de casa un asesinato y/o una violación. Siendo poco aficionada a la televisión, soy incapaz de calcular la cantidad de agresiones a las que asisto como tele- espectadora (espectadora a prudencial distancia). El comercio de la violencia es grande, es obvio que vende. Hay un argumentario para justificar esa venta: Los formatos informativos venden “la realidad”: así son las cosas y así se las hemos contado. Los espectadores compramos la noticia por interés o por morbo sin ser conscientes de que hay muchas más cosas que no nos cuentan En los videojuegos se compra el sentirse poderoso. Podemos pensar también que se trata de una forma de canalizar los impulsos agresivos. En las pelis donde el bueno vence al malo y se queda con la chica, está claro que se compra la recompensa a las renuncias que implica ser bueno. Subyace la idea de preservar el orden… el reconocimiento a estar en sintonía con el orden; y si encima eres el adalid del orden entonces eres la leche… Pero en cualquier caso hay que hacer un ejercicio de escisión importante: estamos viendo la agresión, somos conscientes de lo que estamos viendo, y al mismo tiempo podemos distanciarnos del dolor de las víctimas. De vez en cuando hay un hecho que nos sacude y nos saca de este ejercicio rutinario y momentáneamente nos conecta con...
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