¿Quién soy? Una historia de liderazgo – Sergio Ortiz

Levanté la mirada y allí había otros ojos devolviéndome la atención. Había más gente. Habían sido días muy especiales en lo vocacional, cargados de trabajo y emociones. Y mucho miedo. Y aún prestando mucha atención a todos los procesos que se despertaban en mí, no fue hasta el final cuando incluí al resto del equipo en mi conciencia. Que no suene egocéntrico, era un asunto de tener la exigencia con el foco puesto hacia dentro. Claro que estábamos juntos, claro que habíamos elaborado el proyecto juntos. Lo que no les tenía incluidos era en mi presencia hacia ellos. En que mi presencia también estaba presente. En estas líneas no quiero transmitir una sensación de líder carismático con sus fieles siguiéndole a cada paso. Para nada. De hecho, es una historia de liderazgo contextual, en el que el entorno demanda que vaya emergiendo un líder en función del contexto. Cada vez uno. Pero quiero hablar de cuando ese liderazgo cogía el contexto que me pertenecía. De mi trocito de liderazgo en un proceso satisfactorio. Y, sobre todo, de qué cosas pasaron. De qué cosas me pasaron. Lo primero y fundamental era la pasión en este proyecto. Jamás me había sentido tan perfeccionista, con tantas ganas de vaciarme. Este es un ingrediente fundamental: la pasión, el deseo. Cuando esto está en juego, te arriesgas más. Otro ingrediente que también se daba era el tenerse en cuenta. Estar alineado con unos objetivos a cumplir para ayudar al cliente. Con los que estaba completamente anclado. Esto me hacía tenerme en cuenta, no perderme de vista ni a mí, ni a mis principios. Tenía claro dónde quería llegar. Y eso, me daba permiso para arriesgarme, tener presencia. Y a la presencia hemos llegado. Quiero hacer especial hincapié en ella, en la presencia. Es aquí donde empieza este escrito. Evidentemente había empezado desde el primer momento que comenzamos a elaborar los primeros pasos de la consultoría. Es imposible no estar presente. Pero es fácil desconectarse de la presencia de uno mismo. Y ahí podemos perder el norte. Podemos escondernos. En este caso había conexión con el deseo y con mis principios, lo cual me permitía tenerme en cuenta. Estaba más desconectado con mi presencia. Mi presencia en el equipo. Y esto me desconectaba con esas porciones de liderazgo que me correspondieron. Fue interesante tener la oportunidad de supervisar nuestro trabajo como equipo, ya que entonces...
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Vocacional… del verbo sentir – Carol Belda

El portal de mi casa fue mi primera consulta. No, no hablo en serio. No era ninguna consulta, pero si fue el lugar donde despertó mi vocación. Yo tenía 15 años. Las escaleras de ese portal, fueron el sitio íntimo y confidente, donde me sentaba a hablar con los amigos que llamaban al timbre de mi casa. Y las sesiones no duraban una hora, no, podían durar una tarde entera. Al despedirme de ellos, subía a mi casa satisfecha, contenta y agradecida. Agradecida por la confianza que depositaban en mí al hablarme de lo que les preocupaba, o de cómo estaban. Contenta y satisfecha porque realmente disfrutaba de esos momentos, me interesaba lo que me contaban y no me suponía ningún esfuerzo escuchar. Aprendí a apreciar el clima que se generaba, el vínculo que aquello suponía. Me sentía afortunada. Sí, por aquel entonces, escuchaba y me aventuraba a darles algún consejo personal, con la intención de que se sintieran un poco mejor de cómo habían llegado. Con el tiempo lo supe, eso hacen los amigos, no los psicólogos, pero así fue como nació esta vocación. No la considero una elección, de hecho no fue algo buscado. Pero lo sentí de forma muy clara cuando la sensación apareció, esto era lo que yo quería para mí. Quería sentirme así a diario y qué mejor forma de conseguirlo que dedicándome a ello. La decisión estaba tomada, de manera casi accidental e inconsciente, iba a ser psicóloga. A partir de ahí solo había una cosa que hacer… estudiar. Tres años me separaban de la Facultad de Psicología, eso si conseguía entrar. El primer año de instituto me topé con una gran optativa para mí: psicología. Me vine arriba, como se suele decir, eso era lo mío, ¿no? La suspendí 3 veces, no había manera de que me entraran aquellos conceptos, aun me acuerdo: refuerzo positivo, refuerzo negativo, castigo, condicionamiento simple, operante, etc. No sé aun ni cómo, pero en el último examen del curso conseguí recuperar los demás y terminé aprobando aquello. Cómo son las cosas, por las notas de mis exámenes de psicología era obvio que aquello no se me daba bien, parecía lógico abandonar la idea de querer ser psicóloga algún día. Seguir adelante con mi deseo, aun con esa realidad, eso sí fue una elección. Porque, a pesar de todo, aquella sensación del principio seguía ahí. Aunque lo que...
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Felicidad envasada – Montse Rebollida

Mañana de paseo por la librería. Me detengo en las estanterías y no puedo evitar mirar de reojo esa sección en la que se amontonan los libros de “psicología”. Me acerco aún sabiendo el riesgo que corro con ello. Me puede mi ansia de no encontrarme lo que sé que va estar ahí. Respiro hondo y me digo a mi misma que sería mejor pasar de largo, irme directamente a la estantería de la izquierda, en la que están los libros que he venido a buscar: alguno de Juanjo Millás, Almudena Grandes, Isabel Allende… para mi lectura nocturna que tanto disfruto, en la cama y como un ritual que me acompaña desde hace años. Pues no, no soy capaz de resistirme. Doy unos pasos  y me doy de bruces con ellos: son los libros de autoayuda. Desde las personas tóxicas, pasando por consigue la felicidad, tú tienes el poder, cambia tu vida, sana tu vida, transfórmate… y un sinfín de títulos similares en los que nos ofrecen la cura a todos nuestros males. Se me viene a la cabeza que voy a encontrar ahora mismo uno que llevará por título ‘soy el puto amo’. Pero no, éste parece que todavía no está editado, aunque mejor no dar ideas al personal. Empiezo a marearme de tanto empacho. Si es que no sé para qué me meto en estas historias. Quién me manda a mí leer todos estos títulos si sé que acabo intoxicada. Me agarro a la estantería e intento seguir caminando por la librería para buscar la salida. Ya en la calle, siento el aire fresco y me voy encontrando mejor. Me marcho de allí paseando y me viene a la memoria algo que me dijo un paciente que se había jubilado y se sentía deprimido “me he comprado un montón de libros de autoayuda para encontrarme mejor y, cuando los acabo de leer, me siento como un idiota porque se supone que me dicen cómo mejorar y yo me encuentro igual de mal; no, me encuentro peor, porque además parezco tonto por no haber mejorado.” A aquel paciente le dije lo mismo que sigo pensando ahora: que no encontraría la solución a sus males solamente con leer, que cuando el dolor y el sufrimiento nos desborda, no nos sirven esas recetas que nos exponen de una forma tan “clara y sencilla”. Que el recorrido para poder encontrarse mejor...
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Función Paterna – Vanessa Zalve

En las últimas décadas ha habido una tendencia a priorizar el papel de la madre en el cuidado y educación de los hijos. Venimos de unas relaciones parentales en las que hemos tenido “mucha mamá y poco papá”. Hoy, esto se está transformando, los hombres tratan de salir del antiguo sistema patriarcal que los definía como autoridad parental, instructores y proveedores de las necesidades de sus hijos para reconciliarse con esta imagen y  cambiarla por padres con responsabilidad consciente en la crianza de sus hijos. Ambos progenitores, tienen competencias parentales similares y con su presencia ante el niño activan en él estados internos, resonancias emotivas y comportamientos distintos. Los bebés de pocos meses desarrollan conductas como succionar, aferrarse, sonreír o  llorar de distinta forma en presencia del padre o la madre, así, cuando es la madre quien está con él, éste relaja su respiración y su ritmo cardíaco, mientras que ante el padre suelen activarse más, aceleran su respiración y su ritmo cardíaco, tensan sus hombros y sus ojos se vuelven más brillantes. Ambos son la base segura que constituye el sistema de apego necesario para que los bebés aprendan a regularse y equilibrarse con el entorno. Los patrones de comportamiento entre el padre y la madre son complementarios en el desarrollo del hijo y la relación que se consolide entre padre-hijo y madre-hijo es la que después definirá la relación adulto-ambiente. El primer vínculo y espacio en el mundo para un bebé que nace está lógicamente en brazos de la madre, ésta, da amor incondicional proporcionándole cuidado y seguridad. La relación con la madre está dotada de realidad, “existe”, “es” en un marco simbiótico ya que el bebé no se diferencia de ella frente al entorno inicialmente. Aquí el padre es el compañero de la madre y forma parte de la estructura familiar en la cual va participando e implicándose en todo lo que va aconteciendo. La función paterna aparece posteriormente para deshacer la diada  madre-hijo y convertirla en una relación de tres, ya que llega un momento que el bebé necesita “separarse” de la madre, “salir de la subjetividad de esta”, empezar a ser un yo separado y crecer rompiendo el sentimiento de completud que tiene con la madre. La función paterna puede desarrollarla el padre, pero también la madre o cualquier otra persona significativa del entorno del niño, es esta función la que posibilita que el...
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