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el 4 julio 2019

El otro día, paseando por la montaña y poniendo el foco de mi atención hacia aquello que iba emergiendo, observé desde una mirada curiosa e inquieta, cómo mi foco iba cambiando. Desde el sonido del piar de un pajarito, revoloteando en una rama junto a otro, al olor a la tierra mojada, al ruido del pisar de las hojas secas, y al ladrar de unos perros en una casa cercana. Y, desde ahí, me aparece una necesidad muy placentera, una necesidad de fluir, de libertad y de pertenencia.

Y mi reflexión al llegar a casa era: ¿cómo puedo trasladar este foco curioso e inquieto, que va señalando lo que emerge, cuando estoy en plena naturaleza, a mi día a día, a mis estados internos, a mi relación conmigo misma y a mi relación con el otro?

Para ello, cierro los ojos, y observo, tomando conciencia de mi cuerpo, el palpito rápido de mi corazón, la respiración prolongada, las sensaciones que aparecen en mi estómago. Y todo ello me lleva a contactar con mi necesidad, bendita necesidad, que me ayuda a regularme. Para mí esta necesidad, hoy, tiene nombre de agradecimiento, un agradecimiento interno y sanador, y agradecimiento a las personas que están a mi alrededor.

El “Darse Cuenta” tiene muchas dimensiones. En cada instante podemos decidir llevar la atención a las sensaciones, a las emociones y a los pensamientos, y ello nos conduce en una determinada dirección. Por ello, el foco hacia nuestros diálogos internos, puede ser tan sanador como boicoteador, y “el darme cuenta” de cómo me influye esto, tanto en mi estado de ánimo como en mis emociones y en mi relación con los demás, pone más luz y claridad al momento presente, aumentando la responsabilidad hacia el bienestar y cuidado de uno mismo.

Si aumentamos la conciencia y ponemos atención a cómo influyen los pensamientos a nivel celular, a mis moléculas, a mi estado de ánimo, a mis emociones, estaré iniciando un proceso de observación interno y profundizando en la relación de mi mente con mi cuerpo y viceversa. Es decir, tomar conciencia de cómo influyen en mi cuerpo los mensajes positivos que me dirijo (por ejemplo, cuando me digo que “esto” o “aquello” va a salir bien, cuando me digo que soy un genio, o cuando me insulto, me desprecio y me trato con excesiva dureza).

Vivimos en un mar de pensamientos, sensaciones, emociones y estados de ánimo, que nos llevan a seleccionar cierta información del ambiente, a interpretar ciertas cosas y a obviar otras. Estamos continuamente enfocando nuestra realidad interna y externa, y si ponemos más conciencia, utilizando la intención como linterna y la atención como foco, seremos como barcos que siempre encuentran el faro para volver a casa, aunque sea la noche más oscura del alma.

 

 

 

“Si resistimos la tentación de convertirnos en manipuladores activos de nuestra experiencia, pero somos verdaderamente sensibles a donde quiera ir nuestra atención, habrá un flujo psíquico particular, ya sea que interpretemos esto en términos de formación figura-fondo, autorregulación o simplemente espontaneidad o inspiración”.

                                                                                                                           Claudio Naranjo

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