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el 15 abril 2019

El que se olvida de los bienes gozados en el pasado es ya viejo hoy.

Sumergido en libros de jardinería fui a dar con uno de esos filósofos de la antigüedad que de tanto en tanto vuelven a la vida. Un ateniense que vivió hace ya más de 2300 años. Encabezó una escuela de pensamiento que buscaba lo que tantos años después parece todavía no haber encontrado solución. La búsqueda de una vida feliz.  Como muchos otros, trató de identificar qué es eso de la felicidad. En el camino identificó y clasifico los placeres del cuerpo, del alma y cuál es la fuente de sufrimiento. Relacionó tanto los unos como los otros con los apetitos (las tendencias, instintos, aquello que puja por desarrollarse) el comer, beber y dormir, tener un techo donde cobijarse, el sentirse parte de un grupo de iguales, compartir y pertenecer, conversar, ser reconocido, alcanzar fama y poder, querer y tener relaciones sexuales. Consideró algunos de éstos naturales y otros innaturales, algunos fundamentales y otros prescindibles, algunos encaminaban hacia el bienestar, otros lo socavaban. En su búsqueda fue a dar con aquello que conocemos como ataraxia y que el diccionario traduce como  imperturbabilidad, serenidad, una suerte de estado mental en el que el espíritu se vuelve resistente tanto a los dolores como a los placeres. 

Aproximadamente trescientos años antes, del otro lado del mundo, un joven príncipe llegó a un punto muy similar recorriendo el camino reverso. Él no buscaba la felicidad, sino el fin del sufrimiento. Renunció a sus riquezas en busca de una respuesta. Renunció a la comida y a la bebida, se retiró al bosque y decidió no levantarse hasta haber hallado lo que buscaba. Muchas cosas los separaban. Mientras el uno eligió el camino del discernimiento intelectual, el otro apostó por no pensar. Uno se centró en el discurso y la palabra. El otro prestó atención al cuerpo y la sensación. Descubrió que todo comienza con una sensación, una sensación física y corporal nacida del contacto de los sentidos con el mundo que nos rodea y del contacto con nuestro propio cuerpo. A esa sensación se le añade, un me gusta, es placentera, quiero más. O por el contrario, un no me gusta, es dolorosa, la rechazo. Y desde ahí emprendemos el camino del ansia de cualquier sensación placentera, de la aversión a cualquier sensación displacentera. Comenzamos a caminar condicionados por el castigo y la recompensa. Esclavos de nuestras necesidades, olvidando que todo pasa, que nada dura para siempre.  A todo esto llegaron dos hombres muy distintos. El primero era hijo de un pobre maestro isleño, el segundo príncipe de un acaudalado rey de las montañas. Uno nació en el este, otro en el oeste. Dos caras de una misma moneda. Ambos se encontraron paseando bajo la sombra de un árbol, alejados del bullicio de la ciudad, donde se pudieron permitir parar a reflexionar y contemplar, escucharse a sí mismos y darse un tiempo para respirar.

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