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el 18 diciembre 2018

Hoy en día es difícil encontrar imágenes que representen la realidad, sin llevar ningún retoque, filtro,… Si una imagen sale gris le ponemos más color, si salimos con imperfecciones las difuminamos, etc. Manejamos las imágenes a nuestro antojo. Pero, ¿ocurre también esto en nuestro día a día? ¿Observamos la realidad o la creamos? ¿Existen los filtros en nuestra vida? ¿Cómo, cuándo, para qué los usamos?       

De la misma manera que en una cámara, nuestros filtros engrandecen, ensombrecen, resaltan, difuminan, enfocan ciertas cosas mientras las demás desaparecen en el fondo … Todo ello mediado por la mente. Nuestras creencias, valores, la imagen que tenemos de nosotrxs mismxs, con la que nos solemos identificar y nos cuesta soltar, la imagen que tenemos de los demás… Todo esto y mucho más influye en nuestra mirada hacia el mundo.

Existen tantas realidades como personas que observan, e igualmente verdaderas para cada uno. Puede que os hayáis encontrado en la situación de ver muy claramente lo que le ocurre a un amigx y pensar cómo es posible que no se dé cuenta. Y sí, ante ciertas circunstancias nos volvemos ciegos. En otras nos volvemos parcialmente ciegos, viendo sólo la parte positiva o negativa de la situación, por ejemplo. Hay veces que simplemente omitimos detalles de la situación, que en realidad, le podrían dar un vuelco a la idea que nos hemos hecho de esta. Interpretamos, juzgamos, prejuzgamos, tenemos muchas conversaciones con nosotros mismos que no contrastamos, que nunca salen a la luz de los otros que están implicados.

La realidad es que no lo elegimos. Las gafas con las que miramos la vida, se van conformando en nosotros como un prisma que nos comunica con la realidad.  Qué difícil tomar conciencia del filtro de nuestra mente cuando no hemos conocido otra cosa. Esto se ha convertido en nuestra verdad absoluta, en la que confiamos, con la que hemos “sobrevivido” todos estos años.

Reconocer mi punto de vista, que mi mente compone lo que veo y le intenta dar un sentido, normalmente dejando a un lado muchos otros, no sólo me ayuda a detenerme y abrir mi perspectiva hacia mí, sino también hacia los demás. De la misma forma que mi historia afecta a mi forma de ver la vida, las historias de los demás les afectan igualmente, limitando su mirada.  Siempre lo han dicho, es mucho más sencillo ver la paja en el ojo ajeno.

Para poder ver más, hay que querer ver más. Ser conscientes, separarnos de nuestra mente tomando distancia, no aferrarnos, acudir a nuestro cuerpo, a los sentidos… explorar.

No podemos aspirar a una vida sin filtros, pero sí mirar de vez en cuando por encima o debajo de nuestras gafas, incluso cerrar los ojos, no pensar y ver qué pasa. El cuerpo habla sin palabras.

Y quizás, solo quizás, nos daremos cuenta de todas las cosas que nos perdemos por pensar la vida y no vivirla.

 

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