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el 19 septiembre 2018

Este verano tuve la suerte de tener unas vacaciones estupendas, que disfruté mucho. Durante unos días estuve caminado solo, con una mochila, por el norte de España. Caminar sólo, durante horas y en la naturaleza es un ejercicio mental que me viene muy bien, lo llevo haciendo los últimos años, y últimamente siento la necesidad de hacerlo de vez en cuando, sobre todo cuando estoy saturado mentalmente (situación cada vez es más frecuente).

En esta actividad hay 2 elementos principales: el caminar  y la naturaleza. A partir de ahí, cada persona lo hace diferente (yo por ejemplo llevo música y alguna vez la pongo, cuando necesito motivación, cuando estoy cansado…) pero, en general, me gusta caminar disfrutando de los sonidos de la naturaleza y del SILENCIO.

Es increíble la cantidad de ruido que escuchamos a diario los que vivimos en la ciudad, y son increíbles los beneficios que da el dejar de escuchar ese ruido, el cuerpo está mejor, la mente está mejor, se duerme mejor, todo mejor.

Al principio ese silencio puede ser abrumador, pero pocas veces soy más feliz que cuando, a primera hora de la mañana, lo único que tengo por delante es una jornada entera para caminar, sin saber qué me voy a encontrar, y con el silencio acompañándome.

Dicen que caminar es terapéutico, y que puedes “meditar”; lo primero lo puedo asegurar, y lo segundo… bueno, estoy en ello, no sé si medito cuando camino, pero desde luego, estoy más conmigo mismo, me siento en mí mismo, ¿Entro en un estado de fluir cuando camino? Creo que sí, pero eso sí, ha sido y es un proceso…

En mi caminar, los primeros momentos, incluso diría que los primeros días, en cuanto me encuentro solo, mi mente SIGUE yendo a mil por hora, pienso, recuerdo, fantaseo, no paro… la actividad mental va disparada, hasta que  llega un momento que, por agotamiento, la actividad mental se para, se ralentiza  y llega un momento en el que me CENTRO.

Y ese punto es maravilloso, entonces es cuando miro de verdad lo que tengo delante, es cuando soy consciente de que respiro, es cuando RESPIRO, cuando siento mi cuerpo, cuando pienso en lo que me está pasando, en lo que tengo delante, cuando disfruto un paisaje, cuando escucho el viento en un árbol, cuando mi ritmo físico y resistencia aumentan, pero mi relajación y ritmo corporal bajan. Reconozco ese punto y entonces, empieza lo bueno, y me siento dónde estoy, y me siento muy alejado de mi vida diaria. Y me siento en mi AQUÍ y mi AHORA

Hay miles de momentos mágicos, pero eso haría muy extenso este post. Sólo quiero comentar que la novedad es que este año he realizado una especie de oración, todos los días, al principio de la mañana cuando aún me quedaba mucho por delante. Miraba para un lado, para otro, asegurándome que no hubiera nadie y, en voz alta, me presentaba a mí mismo, y describía mi vida, cada día era diferente y a veces me explayaba en unas cosas u otras, pero era algo así: “Me llamo Pablo, tengo 45 años. Tengo salud. Vivo en una ciudad que no está en guerra, tengo techo, agua corriente y comida prácticamente ilimitada. Una madre a la que quiero y que me quiere un montón, con la que me gustaría pasar más tiempo, unas hermanas maravillosas, una suerte de cuñados, lo mejor: unos sobrinos a los que adoro y un hijo al que conocer. Tuve un padre con el que tuve la mejor relación posible. Tengo un trabajo que a veces me exprime pero me apasiona. Tengo amigas y amigos de verdad, viejas y nuevas amistades. No me falta de nada”.

Y entonces me daba cuenta de que soy FELIZ. Algo en lo que en mi vida cotidiana no me daba ni cuenta, porque en el día a día estoy como (casi) todos en la queja, en lo que TENGO que hacer, a lo que no llego…, en lo que tengo que, tengo que y tengo que… La mirada en la falta, en lo que no tengo.

Pero soy FELIZ, y debería ser un delito no darse cuenta de ello (aunque sea de vez en cuando, cuando estás solo en la naturaleza, caminando, y haciendo un repaso de tu vida).

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