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el 15 noviembre 2018

“¿Será posible que esté haciendo lo mismo que hacía mi padre/mi madre? Pero si lo odiaba, si no estoy de acuerdo, si lo he criticado siempre…” Pues sí, es posible. Y además, tiene mucho sentido.

Nos empapamos, desde que nacemos, de una manera de hacer, de afrontar la vida y los problemas, de ver el mundo y a nosotros/as mismos/as.  Aprendemos una forma de gestionar las emociones, los conflictos, de encarar el miedo, de sostener el dolor, de vivir la alegría. Vemos como “hay” que relacionarse con los demás: pareja, amistades, familiares, vecinos, camareros, dependientas, profesoras, jefes, compañeras, etc. Todo esto se nos cala en los huesos, nos parezca mejor o peor, estemos de acuerdo o no. De hecho, cuando esto empieza a gestarse, no sabemos aún discernir, ni tenemos una opinión al respecto, ni sabemos discriminar si es correcto o no. Todavía no tenemos nuestra propia manera de funcionar muy clara y esto nos viene dado, por así decirlo.

Cosas tan importantes como la manera de afrontar una pérdida, la forma de relacionarse con las normas, la autoridad, la disciplina, y todo lo que tiene que ver con la vida en sociedad; el modo de expresarse, de hablarse a uno/a mismo/a y a los demás, de sentir y expresar las emociones. La exigencia, la empatía, la compasión… todo, absolutamente todo, tanto si se da como si por el contrario no se ha dado, lo hemos visto y aprendido en casa (sea cual sea la que hayamos tenido o donde nos hayamos criado).

Y no solo vemos y aprendemos lo que han hecho nuestros progenitores, cuidadores o figuras de referencia, sino que también aprendemos cómo hay que responder ante eso. Por tanto, cada vez que veamos una actitud o situación similar, actuaremos, pensaremos, nos sentiremos de una determinada manera. Esa que conocemos, esa que nos es familiar, la que hemos visto y aprendido.

Es como si tuviéramos en nuestro interior unos compartimentos, un registro,  donde hemos ido guardado todas estas experiencias y aprendizajes. Cuando estamos frente a algo conocido, que nos suena, que nos mueve algo ya vivido, uno de los compartimentos se enciende y entonces nos sentimos y actuamos según lo que haya ahí guardado.

En cantidad de ocasiones puedo verlo en terapia.  Un ejemplo: paciente que viene con un conflicto con su pareja: “Me da la sensación de que está siempre enfadado y me da miedo decir algo que pueda generar un conflicto”.

Si paramos y desmenuzamos un poco lo que explica la persona, tenemos varios elementos conocidos:

  • Enfado: cómo es que piensa que su pareja está enfadado, ¿Se lo ha preguntado? No. Lo está suponiendo. Por tanto, vamos a ver qué experiencias tiene que le hacen suponer que eso que ve es enfado (probablemente así sea, pero es importante que paremos a ver cómo ha aprendido eso).
  • Cuando siente que el otro está enfadado, siente miedo. ¿Cómo es que esto es así?, ¿Cómo se ha llegado a asociar el miedo al enfado?, ¿Cómo hace para que el enfado del otro sea una amenaza para ella?
  • Conflicto: miedo y evitación de éste. ¿Para qué?

Parece que ante ciertas señales (conductas, sensaciones, etc.) que con toda probabilidad ha visto y registrado anteriormente, se enciende en esta persona un compartimento específico, con una experiencia y aprendizaje concreto. Sería algo así como: “¡Cuidado! Está enfadado, no digas nada que lo enfade más que ya sabes lo que puede pasar…”

En sucesivas sesiones, seguimos la pista a esto. Poniendo el foco en traer al presente las situaciones concretas que le venían al sentir el “enfado” de su pareja. Entró su padre en escena, cómo su pareja le recordaba a su padre, que siempre estaba “enfadado” y cómo ante esa situación lo que hacía era apartarse, esconderse y esperar a que se le pasara.

Lo siguiente era ver cómo esa reacción había sido registrada y guardada como la manera de responder al enfado, la mejor respuesta en esa situación. Seguimos trayendo al presente momentos concretos donde esto se daba y cómo le hacían sentir, qué hacía y qué pasaba a continuación. Aquí le viene su madre, cuando su padre se ponía así, todos en casa se alejaban, empezando por su madre: “deja a tu padre, no le molestes”.

A veces es difícil recordar en detalle situaciones concretas, pero lo que si se queda marcado con profundidad es cómo nos hizo sentir aquello y el poso que dejó. Cuando el impacto emocional que se genera en una situación es fuerte, la huella que deja es muy profunda, lo bastante para servir de referente ante cualquier situación que se pueda parecer en algo. Para este paciente, el miedo que se disparaba ante el enfado del otro era que ese otro le retirara su amor.

Ante esto, lo siguiente que me pregunto es: ¿Es este un miedo genuino o aprendido de la dinámica de pareja de sus padres? Y si efectivamente, en algún momento esto pasó y ella sintió que su padre le retiraba su amor, ¿cómo lo hizo?, ¿qué es lo que pasó?

Cuando tenemos la fortuna de darnos cuenta de este tipo de reacciones estancas que hemos ido almacenando y que en muchas situaciones, poco tienen que ver con lo que está ocurriendo en el presente, tenemos 2 opciones: repetir o reparar. Continuar reservando el espacio a ese aprendizaje que se produjo en aquella situación y seguir respondiendo igual, o limpiar ese compartimento y dejar entrar otras experiencias que nos permitan otros aprendizajes.

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