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el 10 octubre 2019

Vivimos en una sociedad en la que se nos ha acostumbrado a vivir al límite, sin apenas tiempo libre o de ocio. Y lo que es peor, si tengo tiempo libre me siento mal e, incluso, poco realizado. Nos han enseñado que, para ser útiles, debemos emplear nuestro tiempo en actividades productivas (trabajo, más trabajo y, si no, me busco trabajo porque me queda una hora libre por la tarde). Las horas hay que llenarlas.

Nos abandonamos porque queremos que el resto de personas nos vean como personas ocupadas, trabajadoras y responsables (excesivamente). Ni café con amig@s, ni una cervecita. Me regalo esta hora para hacer deporte porque, de cara al público, siempre queda bien. Claro.

Llegados a este punto, si no llego a todo lo que me he planteado hacer, empiezo a sentir estrés y ansiedad. Y simplemente por el motivo de que tengo que ser útil. No importa que esté trabajando en un turno inglés o de 21 días en el que abandono mi vida social durante 3 semanas. Trabajo 8 horas (más otra de desplazamiento), duermo 6, y así me quedan 9 para mí. Luego, resto las horas que “invierto” para comer y cenar (hay valientes que pierden tiempo en merendar). Me quedan 7 para mí que las ocupo en cosas productivas: más trabajo que ya me busco para sentrme bien. Restemos también la hora de hacer deporte y todas las que implica el aseo posterior.

En definitiva: vivimos al límite apurando todo nuestro tiempo y dejando que nuestra vida social quede en segundo plano (eso para quien lo abandona).

Hasta ahí todo “bien”. Pero. ¿Qué ocurre con nuestros hijos? Muchos de los que estáis leyendo esto os habéis criado en la calle. Juegos de toda la vida en los que, pasarlo bien, implicaba estar con los amigos (o enemigos -en mi pueblo se hacían guerras de piedras entre dos barrios, fíjate-) jugando a cualquier juego que se te podía ocurrir. Insisto: se te podía ocurrir.

¿Ahora qué está pasando? Para que un niño lo pase bien no hace falta salir de casa: tiene el móvil desde el cuál puede ver series, películas, juegos y redes sociales en los que pasar horas poniendo corazones o pulgares arriba. Y ojito si se cae internet, porque ahí tenemos un problema. Si no tengo internet ¿¿cómo me divierto?? ¡Es un caos para los niños! No hay nada que hacer. Me siento en la cama y espero a que vuelva. Es la mejor solución.

Y vuelvo a lo que comentaba al principio de este artículo: vivimos al límite. Y hacemos que nuestro niños vivan al límite. Fútbol, inglés, francés, alemán, baile, academias de refuerzo. Cualquier cosa menos tiempo libre. Hasta ahí más o menos bien, pero olvidamos algo sumamente importante en la educación y crecimiento personal de los niños y que a nadie le importa: el ABURRIMIENTO.

¿Y por qué el aburrimiento? Porque es la mejor manera de que nuestros hijos aprendan a ser creativos y desarrollen su imaginación. Así de simple. Que sí, los resultados académicos son importantes para la carrera profesional, el deporte es bueno para la salud y ayuda a estar con los amigos, los idiomas pueden abrir puertas de cara al futuro. Pero sin aburrimiento no hay imaginación y, sin imaginación, no hay creatividad. Y esa creatividad es la que hará que destaquen en un futuro. Es la que les hará capaces de solucionar los problemas que les plantee la vida y que les ayudará a superarse a ellos mismos.

 

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