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el 30 diciembre 2019

Apuntes sobre la experiencia terapéutica.

 

No hace mucho escuché a alguien decir que la experiencia diferencia el conocimiento de la sabiduría. No hay  sabiduría sin un conocimiento que emane de la experiencia. La experiencia esta así pues en el origen del conocimiento. El conocimiento es experiencia puesta en palabras. Estas proposiciones tienen una gran importancia para entender la psicoterapia.

Para algunos, la psicoterapia podría describirse burdamente como “sentarse ahí y hablar de mis  cosas”, esto es, poner palabras a mis experiencias. Para otros, “la cosa va más en la línea de crear experiencias emocionales significativas”, y para ello recurren del auxilio de la palabra, aunque solo sea para pedir a sus pacientes que hagan cosas. Esos dos elementos, experiencia y palabra, siempre están presentes en terapia, sea de una forma o de otra, desde sus orígenes, no en vano la primera paciente de la psicoterapia moderna nombró al tratamiento que junto con su médico  estaba desarrollando, la “talking-cure”.

Sin embargo, la relación entre experiencia, conocimiento y palabra trasciende a su mero uso terapéutico, está en la esencia misma del desarrollo mental de cada individuo, es quizás la  característica más sobresaliente de nuestra evolución como especie.

Tomaré como ejemplo el trabajo de Jean Piaget y su teoría del desarrollo cognitivo. El psicólogo suizo postuló una etapa inicial, a la que llamó sensorio-motora, dominada por experiencias sensoriales, hábitos y reacciones motoras circulares, estas con el tiempo son internalizadas y constituyen uno de los pilares sobre los que se apoyará la adquisición del lenguaje, marcando el inicio de la segunda fase del desarrollo cognitivo, la fase pre-operacional, en la que la aparición del simbolismo, la representación de roles, el hacer como si, adquiere todo el protagonismo. Los niños aquí tienen amigos imaginarios, sus juegos se vuelven más sociales donde aparecen los primeros roles: perseguir y escapar, buscar y esconder, chutar y parar. Es decir, hay una primaria actividad simbólica, ya mediada por la palabra. En la siguiente etapa, la etapa de las operaciones concretas, los niños empiezan a pensar con palabras,  comienzan a hacer cosas con la palabras, manipulan información concreta combinando y transformando palabras. Es el paso previo a la cuarta fase del desarrollo cognitivo, la de las operaciones formales. Donde la palabra se desvincula de sus ataduras concretas y permite la aparición del razonamiento abstracto.

Fue un psicoanalista, Wilfred Bion, quien aportó un modo de entender la psicoterapia que se adapta con gran sincronicidad a las propuestas de Piaget. Postuló una teoría emocional del conocimiento, la cual enmarca la actividad mental en dos dimensiones o ejes. En uno de ellos (ordenadas) sitúa diferentes categorías de contenidos mentales. Sensaciones, esquemas motores internalizados, sensaciones – afectos, imágenes visuales – representaciones mentales, palabras – símbolos, operaciones lógico – algebraicas. En el otro eje (abscisas) sitúa diferentes funciones mentales, una idea-hipótesis, despierta curiosidad, activa la atención y la memoria y promueve el conocimiento y la acción.

Cada una de las categorías anteriormente mencionadas sigue un orden inclusivo donde la raíz es la experiencia, sensorial, motora y afectiva. Esta se incluye dentro de una imagen visual, una representación mental que la contiene y significa. La imagen visual se convierte en significante y continente de distintas sensaciones, afectos y acciones, del mismo que las palabras contienen y significan diferentes imágenes y representaciones mentales, sus significados. Una palabra contiene una o varias imágenes que, a su vez, son contenedores de distintas sensaciones, acciones, afectos y les dan significado. 

En terapia podemos a priori plantearnos dos caminos, o bien partimos de la palabra para llegar a esa experiencia cargada de sensaciones y afectos, y tratamos de que sea capaz de significarla, dotarla de un sentido, de que la integre dentro del conjunto de experiencias personales, o bien creamos una situación que facilite sensaciones, emociones y afectos, para que una vez activas se integren en una imagen mental y pueda ser puesta en palabras.  Ambos caminos permiten transformar la experiencia en conocimiento, dotan a la persona de mayor libertad, le permiten elegir, dejar de reaccionar y comenzar a actuar. En el camino, dejan de dar importancia a lo que conocen y empiezan a aprender de sus experiencias. La verdadera sabiduría se encuentra en aprender de la experiencia. En el olvidar palabras vacías de contenidos y devolverles el valor de la experiencia. La primacía es siempre de la experiencia.

 

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