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el 10 septiembre 2020

Como el agua que vuelve al cauce, tendemos a repetir una existencia marcada por un pasado que escarba el lecho de la vida en roca viva. Aceptar la inercia de una historia que no es nuestra, sino una pre-historia propia. Esto es herencia, sino y destino. Tropezando una y otra vez con la misma piedra, somos incapaces de aprender de la experiencia. Cuando la experiencia no libera, condiciona; cuando de la experiencia no se aprende, nos esclaviza.

La experiencia se relaciona así con:

A) La práctica prolongada que proporciona conocimiento.

B) El conocimiento de la vida adquirido por las circunstancias o situaciones vividas.

Tener experiencia significa haber vivido, haber tenido la oportunidad de pasar por algo una vez, y otra vez, y otra vez. Hablo de la experiencia como práctica repetida. Es a través de la repetición que podemos profundizar en algo. Pero en base a esa misma repetición, el organismo psíquico ha desarrollado la capacidad de automatizar respuestas. Es lo que los cognitivos denominan procesamiento Top-Down. A partir de un estímulo físico se desarrolla una cadena de respuestas automatizadas, de forma casi automática y sin una verdadera conciencia de ellas. Este modo de proceder permite al organismo ahorrar recursos y energía. Podemos hacer varias cosas a la vez. Probablemente el ejemplo más típico de todo esto es el de la conducción. Cuando aprendemos a conducir tenemos que prestar atención a todo, a los pedales, al volante, a la carretera, a los espejos, al cambio de marchas… Con la práctica continua todos estos movimientos se automatizan, los realizamos casi espontáneamente según la situación lo requiere, entonces, podemos dedicar nuestra atención a escuchar la radio, hablar con el copiloto, repasar las situaciones que hemos vivido recientemente. A pesar de las grandes ventajas que ese modo de proceder nos otorga, no está exenta de problemas. Dicen que no existen dos gotas de agua iguales y, a la vez, decimos se parecen como dos gotas de agua. Ambas cosas son igualmente ciertas. Pese a la gran semejanza que a primera vista pueden tener, cuando observamos detalladamente (a nivel microscópico) podemos encontrar pequeñas y sutiles diferencias que hacen de cada elemento algo único. Solo prestando una especial atención a cada experiencia podemos encontrar ligeras variaciones que suscitan preguntas, despiertan curiosidad. Nos hacen pensar. Aumentan el espacio-tiempo entre estimulo y respuesta. Surge precisamente ahí la reflexión, el pensamiento. Gracias a él podemos dejar de reaccionar y empezar a actuar.

Podemos llevar este razonamiento a otro nivel. No se da únicamente en relación a nuestras acciones más sencillas y cotidianas, sino como estas mismas acciones, junto a las decisiones que tomamos a lo largo de la vida poseen un significado y nos encaminan hacia un futuro. De estos fenómenos se han ocupado especialmente los estudios sistémicos. No somos más que partes de un sistema más amplio y complejo. Llegamos a este mundo en un momento y tiempo concreto, en un contexto sociocultural determinado, en una sociedad particular, dentro de una familia concreta con su propio cúmulo de experiencias, con su propia historia. La transmisión transgeneracional  describe el modo en que dentro de una familia (entendida como grupo primario) se repiten escenas de la vida psíquica de los antepasados, patrones de relación y vinculo, patologías concretas, incluso se repiten fragmentos de la historia previa de sus miembros.

Para dejar de seguir girando bajo la inercia del pasado, es necesario parar, reflexionar, reflejar en la conciencia aquello vivido. Estos procesos están igualmente automatizados. Nuestro trabajo es prestar atención a ello. Observar con detenimiento sin reaccionar. Ello nos conduce a una suerte de desidentificación que permitirá, con el tiempo debido, el cambio.

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