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el 2 julio 2018

Últimamente han llegado a mi consulta muchas mujeres con un denominador común entre ellas, el miedo al abandono, a la soledad, a quedarse sin sus parejas, algo que en mi propia piel he podido sentir, y he podido experienciar el sufrimiento que genera esa situación.

Gracias al movimiento feminista el género femenino empieza a empoderarse, a visibilizarse cada vez más, a dejar de quedar a la sombra de la sociedad patriarcal, se escucha la voz de las mujeres, gritamos y defendemos nuestros derechos, como personas, como parejas, como trabajadoras, como mujeres, pero aún queda mucho, mucho trabajo, mucha consciencia social, tanto en hombres como en las propias mujeres, nos queda reconciliarnos con nosotras mismas, integrar nuestra parte tierna con la parte agresiva, y no avergonzarnos de  la primera de ellas, no creer que ternura es sinónimo de debilidad, ni de vulnerabilidad, sino que más bien puede ser sinónimo de cuidado, de respeto, de atención, tanto con el otro como con una misma. Gracias a la ternura puedo ser capaz de cuidarme, de amarme, de mimarme, de permitirme, dejar de culparme, gracias a la ternura podemos atender a nuestras necesidades, no tanto dependiendo de que el otro las satisfaga sino aprender a ser nuestro propio autoapoyo, nuestro propio soporte, y desde ahí, solo desde ahí seremos capaces de amar libremente, de compartir sin depender, de pedir sin miedo al rechazo, de experimentar el contacto real con el otro y ser capaces también de retirarnos.  

Hablo en propiedad de mujer porque creo que es un tema de género, salvaguardando excepciones por supuesto, pero cargamos ese lastre del pasado, y aunque estamos dando pasos agigantados, todavía pesa en nuestras espaldas, para liberarnos de ese peso, es necesario transitar un proceso de depuración, de auto-reafirmación, para por fin eliminarlo de nuestro inconsciente y liberarnos de esa “mujer sumisa” que cree que necesita a su lado a una persona que la “complete”, que la sostenga, que la cuide, y darnos cuenta de que en realidad lo que necesitamos es pasar por aprender a sostenernos, cuidarnos, completarnos en soledad, y reconocer el propio valor interno.

Es un tema recurrente en mi presente, conversaciones de café con amigas, con colegas de profesión, y la mayoría de nosotras coincidimos en que nunca hemos transitado la soledad por mucho tiempo, o alguna de ellas nada de tiempo, nunca hemos estado realmente solas, siempre ha habido un entretenimiento, un amor real, un amor platónico, una idealización de alguna figura, o incluso ¿por qué no dos? Para tener el recambio, el “comodín”, el “por si acaso me falla el/la que tengo”, por no hablar de las conocidas aplicaciones de móvil para conocer gente.

Una de mis amigas confiesa cómo una aplicación le hacía no sentirse tan sola cuando no tenía pareja, en los momentos de vacío, de tristeza, recurría a la aplicación para sentir que había personas que podían llenar ese vacío, y aliviaba su sufrimiento. Otra amiga reconoce que siempre que ha dejado a sus exparejas ha sido porque ya había conocido a alguien y cambiaba la antigua relación por la nueva, sin siquiera permitirse un espacio para sentirse en soledad, para reconectarse con ella misma después de haber dejado una larga relación, sin ese tiempo necesario para procesar una ruptura, y más aún para superar un duelo.

Conozco también mujeres de cincuenta y tantos años luchadoras, guerreras, supervivientes, que han sacado a una familia adelante con muchísimo esfuerzo, divorciadas, que han aprendido a valerse por si mismas pese a las dificultades, y pese al valor que tienen para mí esas mujeres luchadoras, ellas solo desean encontrar a “un príncipe azul” que las rescate, y aunque entiendo y comprendo la dificultad de sus vidas, veo cómo sigue arraigada en nuestras venas la dependencia emocional, la idealización del amor, de ese amor romántico que en realidad destruye, enferma, mata.

Puedo contar infinidad de casos en los que mujeres de mi alrededor han vivido la enfermedad del patriarcado, empezando como he empezado por alguna de mis pacientes, pasando por compañeras, familiares, conocidas, amigas, y terminando por mí misma, que en alguna ocasión me he sentido también así. Todas hemos perdido el poder en algún momento, o peor aún, algunas ni siquiera lo han llegado a tener todavía. ¿Qué hay detrás de esa búsqueda insaciable de estar en pareja? ¿Cuál es la carencia latente y la necesidad permanente?

Estoy convencida que todo pasa por cambiar el foco, dejar de mirar tanto hacia afuera y empezar a mirar más hacia adentro, así es, de dentro a fuera es como sanan las heridas, es un proceso lento, y como todo proceso implica sufrimiento, implica dolor, implica tiempo, pero si somos capaces de mirar dentro de nosotras mismas y ver que estamos completas así, si somos capaces de que la libertad no nos asuste sino que la disfrutemos, si somos capaces de elegir desde el querer y no desde el necesitar, y si somos capaces de sentir que nos sostenemos estando tristes, rabiosas, tiernas, dulces, eufóricas, deseosas, temerosas, seguras, alocadas, empoderadas y todas los estados por los que puede pasar cualquier persona , entonces diremos que amamos libremente, desde una misma, no desde el otro.

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