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el 26 junio 2017

86.1 En las últimas décadas ha habido una tendencia a priorizar el papel de la madre en el cuidado y educación de los hijos. Venimos de unas relaciones parentales en las que hemos tenido “mucha mamá y poco papá”. Hoy, esto se está transformando, los hombres tratan de salir del antiguo sistema patriarcal que los definía como autoridad parental, instructores y proveedores de las necesidades de sus hijos para reconciliarse con esta imagen y  cambiarla por padres con responsabilidad consciente en la crianza de sus hijos. Ambos progenitores, tienen competencias parentales similares y con su presencia ante el niño activan en él estados internos, resonancias emotivas y comportamientos distintos. Los bebés de pocos meses desarrollan conductas como succionar, aferrarse, sonreír o  llorar de distinta forma en presencia del padre o la madre, así, cuando es la madre quien está con él, éste relaja su respiración y su ritmo cardíaco, mientras que ante el padre suelen activarse más, aceleran su respiración y su ritmo cardíaco, tensan sus hombros y sus ojos se vuelven más brillantes. Ambos son la base segura que constituye el sistema de apego necesario para que los bebés aprendan a regularse y equilibrarse con el entorno. Los patrones de comportamiento entre el padre y la madre son complementarios en el desarrollo del hijo y la relación que se consolide entre padre-hijo y madre-hijo es la que después definirá la relación adulto-ambiente. El primer vínculo y espacio en el mundo para un bebé que nace está lógicamente en brazos de la madre, ésta, da amor incondicional proporcionándole cuidado y seguridad. La relación con la madre está dotada de realidad, “existe”, “es” en un marco simbiótico ya que el bebé no se diferencia de ella frente al entorno inicialmente. Aquí el padre es el compañero de la madre y forma parte de la estructura familiar en la cual va participando e implicándose en todo lo que va aconteciendo. La función paterna aparece posteriormente para deshacer la diada  madre-hijo y convertirla en una relación de tres, ya que llega un momento que el bebé necesita “separarse” de la madre, “salir de la subjetividad de esta”, empezar a ser un yo separado y crecer rompiendo el sentimiento de completud que tiene con la madre. La función paterna puede desarrollarla el padre, pero también la madre o cualquier otra persona significativa del entorno del niño, es esta función la que posibilita que el bebé exista fuera de la madre, facilitando la salida al mundo, orientándolo y enseñándole la capacidad para manejarse de acuerdo a las reglas básicas de éste. El bebé va a conocer al padre a través de los ojos de la madre, a través del reconocimiento que ésta le da, de cierta manera, ella otorga y permite que este proceso se inicie. La relación del padre con el niño no lleva implícita la noción de  realidad, es necesario construirla y dotarla de sentido y significado. 86.2 La función paterna es lo que permite individuar y orientar al niño, metafóricamente, hacia la luz, hacia el mundo. En este encuentro con la función paterna, los niños construyen en su interior, en su psique, una imagen paterna que en esos momentos de su desarrollo es subjetiva e inconsciente, ésta queda desvinculada de la persona “real”, del padre “real” y en ella aparecen pautas tanto del padre como de otras figuras significativas en la infancia. En esta imagen se construye lo que en psicoanálisis llaman el superyó, el yo ideal y el ideal del yo. El yo ideal del niño se crea cuando está en la fase del espejo, en la cual ante las devoluciones que el entorno le hace, el niño se va identificando con ellas y va formando su “yo”, dando lugar a una proyección imaginaria, fantaseada e irreal y generando una imagen total de perfección de la realidad.  Autores como Lacan y Lagache definen el yo ideal con una connotación esencialmente narcisista ya que el niño no ve al otro sino que proyecta en el otro su propio narcisismo. El ideal del yo, infiere los requisitos que ha de cumplir una persona para considerarse valiosa, influenciada por la crítica de los padres como modelo. El ideal aquí se considera una norma con atribución externa y un modelo al que adecuarse. Por ejemplo, ¿qué ha de hacer un niño para conseguir alguna recompensa?, si cumple con ello, obtendrá dicha recompensa, si no, no. Y por último, el superyó. Se crea cuando el niño comienza a socializarse, sobre los 2-3 años, el encuentro y manejo de la realidad lo realiza a partir de la internalización de costumbres sociales, normas parentales, exigencias y prohibiciones de sus figuras paternas. Cuantas veces se dan mensajes como, “no toques esto porque no debes”, “se dice por favor y gracias” o “dale un beso a tú abuela”, etc. En la medida en la que el niño, y posteriormente como adulto, vaya poniendo conciencia a estas instancias, evitará problemas de relación consigo mismo y con el entorno. Es sano como hijos reparar la función paterna interna. Reparar implica ampliar la consciencia de la relación paternofilial y entender qué cosas tuvieron lugar, de qué forma y cómo funcionaba el sistema familiar y sus miembros, dándole mayor claridad a la imagen que construyeron cuando eran niños y que ahora como adultos pueden aceptarla como es y no como querrían que hubiera sido. Para reparar, en ocasiones, hay que “volver” al inicio y aprender desde el aquí y ahora lo que no pudieron aprender siendo niños. Quedarse con lo que les sirve y rechazar aquello que no de ambas formas previas, la materna y la paterna, aceptando los huecos y vacíos de los dos con la falta que ello supone.  

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