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el 13 febrero 2018

El llanto recuerda nuestro primer aliento al nacer y la única forma de comunicarnos con el mundo al llegar a él. Nuestra libertad para expresar el llanto irá tomando diferentes sendas según el trato que se le dé en nuestro entorno. Muchas veces este camino desemboca en la represión de las lágrimas, por resultar implicar debilidad, inmadurez, dramatismo frente al otro. Nuestra fortaleza pasa a medirse por cómo podemos sostener lo que nos ocurre sin derramar una lágrima. Todo es cuestión de esconder, tapar, disimular, quitar importancia, incluso, a veces, recomponer el cuerpo.

Hay mil y una historias diferentes detrás de los motivos por los que no llorar, es una parte que  muchas veces no quiero que vean, conozcan; y que a mí misma me da miedo descubrir. No quiero mostrar que lo que hacen, dicen, o piensan de mí, me afecta, me mueve. Necesito que piensen que soy fuerte, que no necesito nada, que me las puedo apañar sola, que soy yo en la que se pueden apoyar.  Que nada ni nadie me puede hacer daño. También está el temor a que, al permitirnos llorar, lo que emerja sea algo tan grande que no lo podamos sostener, miedo a la reacción del otro o incluso a no poder parar. Cada persona resonará con una cosa distinta, al final es encontrar qué aflora detrás de esta forma tan genuina de expresión que no nos solemos permitir. Recuerdo momentos de querer expresar, notar que me iba a emocionar, que se me empezaba a hacer un nudo en la garganta y los ojos se me ponían vidriosos. Tomé la decisión de callar, recomponerme, cortarme las alas, consiguiendo que muchas veces, aquello que no expresaba, se volviese en mi contra. Sentimientos de culpa, rabia, impotencia y sobre todo, una tristeza de fondo, por no poder permitirme derramar una lágrima delante del otro. Con el tiempo, empecé a sentir  que había algo en mí que no estaba bien. Me había envuelto de un aura de frío que congelaba cualquier contacto. Había limitado durante tanto tiempo mi expresión emocional que incluso ni lloraba a solas. No sabía ni cómo estar cuando los demás se emocionaban, ya que no me permitía emocionarme con ellos. Esa rigidez con la que trataba cualquier señal que me moviera, había generado en mí un vacío de calor, mi propio calor humano. Empecé a ser más honesta conmigo misma sobre lo que emergía en mí en cada momento, viendo lo que me bloqueaba y a qué daba importancia de fuera para no permitírmelo. Lo único que me separaba de esa parte de mí era lo que socialmente estaba mejor visto. Empecé a darle más valor a lo que yo necesitaba y mi necesidad de expresarlo. Me prioricé en mi totalidad y me reconcilié con mi cuerpo en todas sus facetas. La fidelidad a nuestra esencia, a lo que sentimos piel adentro y su expresión hacia fuera depende de nuestra elección. La toma de conciencia abre un mundo de posibilidades. Ya no es solo expresar, sino tomarse el tiempo para ver qué se esconde detrás de esas lágrimas. Permitirnos transitar para ver con más claridad y profundidad nuestro ser, en todas sus vertientes, incluida la parte más sensible. Ganar sensibilidad hacia nosotros mismos nos permite ganar sensibilidad hacia los demás.

Es importante educar en la libertad de expresión tanto de palabra como emocional ¿Cómo puedo ayudar a que el otro se viva naturalmente si yo mismo no soy ejemplo de ello? No se trata de llorar siempre y en cualquier situación. La cuestión es resituar las lágrimas como una forma más de expresión dentro de nuestro abanico de posibilidades, tan necesaria o más que la sonrisa. Contener carga, nos debilita al tener que dirigir tanta energía para ello, quedando menos energía libre para todo lo demás, como sería, por ejemplo, experimentar alegría en su plenitud.  Su expresión nos produce desahogo, nos ayuda a liberar estrés y presión, dejando más espacio libre para reunir fuerzas y enfrentar aquello que nos acontece. Al fin y al cabo se trata de tomar conciencia de la necesidad que emerge, contactando con el cuerpo y decidiendo ponerla en juego o no, según nos sintamos en un espacio íntimo en el que querer compartirlo. Detrás de una lágrima, un mundo. Mil historias pendientes de contar. Detrás de una lágrima un cuerpo, un corazón, un alma, que siente, que vive. Después de la tormenta siempre sale el sol, ¿cómo vas a disfrutar del arcoíris si nunca dejas que llueva?    

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